Las formas y la vida interior

 

 

 

 

 

 

 

Primero tuvo que liberarse de los dioses, de las figuras y de los ídolos. Su iconoclastia fue consecuencia de su anterior idolatría. Se limpia ahora de su adoración hacia las formas y se refugia escuchando su corazón, dirigiendo su atención a la fuente del significado. Para él, el mero juego de las formas no puede ser el contenido del Arte. Siente danza, ritmo, construcción pero tras todo ello siente el latido de otra cosa.

A propósito de ello, el maestro de Bhakti Yoga —Sendero de la Devoción— Swami Vivekananda ha dicho: “Las formas sólo tienen valor en cuanto sean las expresiones de la vida interior. Si ellas han dejado de expresar la vida, destruidlas sin compasión”.

El mundo del significado es tan misterioso e implica tantos procesos y realidades —aprehensión, reflexión, memoria—, tantas variables, que sugiere y apunta a otros planos de la conciencia, planos de “pensamiento visual” según la terminología acuñada por Rudolph Arnheim.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Embrión. Escultura madera/vidrio/papel de arroz. Japón, Shimewaru 1997)

Experiencia unitaria

 

 

 

 

 

En cierto sentido, el llamado artista abstracto recorre el mundo visible a través de su reflejo en las ideas para devolver nuevamente su contenido a través de las formas. Su búsqueda es un caso particular y expresivo de lo que se ha dado en llamar una “vía gnóstica”.

Entre Forma y Contenido se mueve el artista integrándose en la experiencia unitaria, criatura por momentos regalada con la experiencia del Creador. Dice Ibn ‘Arabí que “… para el hombre que ha alcanzado la Unidad, para el gnóstico —’arif—, el siguiente paso es volver al mundo de las formas, al mundo de lo diferenciado, de lo múltiple…”.

El artista, que busca sin descanso al Creador que vive dentro del “Sí mismo”, reanuda una y otra vez su quehacer metafórico y vacío, rastreando entre los átomos de su materia hueca un atisbo de contenido, un leve aroma del significado. A veces siente cómo la Creación se detiene, reanuda la Forma el movimiento, redundando en sí misma… otras se le muestra sin contenidos, reducido ya el significado a sus cenizas: Vacío silencioso, inmóvil, dispuesto al más leve signo concebible.

A veces son las formas desplegándose en lo Uno sin detenerse ni repetir sus articulaciones —colores indescriptibles de la existencia— inclasificables en su prodigalidad. Arte y Naturaleza confundidos. Sujeto fundido en el Universo, átomo a átomo… permeable hasta la inexistencia.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Blanco Mar de Enmedio. Fresco a la cal. Detalle. 1997)

Forma sin forma

 

 

 

 

 

 

 

 

Por su carácter inaprensible, la actividad creativa presupone un movimiento de cambio permanente, como si el artista cabalgara a lomos de las ideas y de las formas, interaccionando con ellas, con-formándose según la energía que resulta de ese intercambio, invocando un significado. Intenta a veces agotar todas las formas para restituir la Forma completa, la que no tiene forma, la posibilidad sin articulación.

En lo que respecta al Contenido —y valga de nuevo la tautología— se halla “contenido” en la Forma, con lo cual vuelve a la idea del principio según la cual la división de Aristóteles es una convención que ya no le sirve. ¿Cuál sería el contenido mismo de la Caligrafía? ¿Qué significado nos arranca la línea temblorosa, la línea firme?

La Forma que percibe, le arranca al artista, tarde o temprano, un contenido, un significado que vive latente en su interior. La visión del círculo le remite a un contenido abstracto, raíz y fuente de otros significados particulares. La visión de la materia que conforma y expresa la idea de un círculo —la percepción visual de la línea material— está llena de contenido: densidad, color, anchura, precisión, relación con la superficie, el soporte, etc.

La línea temblorosa sería en el plano del contenido lo que la luz misma nos evoca en su pálpito, lo que el Universo mismo no cesa de repetir: expansión y contracción. Ya Kandinsky meditó profundamente en el problema: “El Contenido en el Arte no es otro que la suma de las tensiones organizadas… Desde este punto de vista descubrimos la identidad originaria de las leyes de la composición en las distintas artes, dado que las artes sólo pueden materializar su tema a través de las tensiones organizadas. Aquí es donde hallamos la solución y la puerta de la obra ‘sintética’ futura”. Para continuar diciendo: “De éste modo descubrimos la correspondencia profunda e íntima del Arte y de la Naturaleza: Como el Arte, la Naturaleza trabaja también con sus propios medios… y hoy podemos decir ya con seguridad, que la raíz profunda de las leyes de la composición es idéntica para el Arte y para la Naturaleza. La relación del Arte y de la Naturaleza —o como actualmente se dice, del Objeto—, no reside en el hecho de que la Pintura jamás evitará la representación de la Naturaleza o del Objeto, sino en que ambos dominios realizan sus obras de modo semejante o idéntico, y las dos obras, nacidas al mismo tiempo pero viviendo independientemente, deben ser consideradas tal y como son.”

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Descenso. Detalle. 1994)

25 abril 2018Enlace permanente

Una muerte ‘formal’

 

 

 

 

 

Un excesivo grado de abstracción hace innecesaria la Forma. Esta desaparición del universo formal implica para el artista una experiencia mística, una “muerte“, por llamarlo de alguna manera. Esta “muerte” formal ha sido en los últimos tiempos la propuesta de lo que se ha llamado Arte Conceptual, propuesta que con éxito ha revisado cuestiones de contenido sobre todo, poniendo el acento en el significado. Hemos asistido al fructífero intento de sustituir el objeto por el acto creador en la obra de Beuys, por ejemplo.

Sin embargo, la vida humana tal y como la conocemos habitualmente, es un mundo de formas, figuras, relaciones, códigos, articulaciones, lenguajes que conviven. Al profundizar en su trabajo abstracto, el artista se va acercando a lo que es inefable, a aquello que no se puede expresar. Por ello, si quiere vivir su vida humana, cumplir su destino como ser humano, necesita de las formas para moverse, conocerlas intentando penetrar en su significado, aunque sepa ya que cualquier forma por perfecta que sea es tan sólo un aspecto, una cualidad. Siente la Forma como realidad que se está haciendo incesantemente —nunca hecha del todo—. Cuando cree tenerla se le escapa como si fuese ese Mercurio de los Sabios de que nos hablaron los filósofos del pasado, apresada convencionalmen­te en un objeto, en un ser que suponemos ya cerrado en cuanto a su realidad estructural y que no nos revela su contenido en forma completa, pues vive en el espacio dinámico de la Creación, y éste no cesa. La Forma adopta entonces la Forma del espacio que la contiene: no puede decirlo de otra forma.

Cuando llega a éste aparente sinsentido, considera la influencia que las formas tienen en su interioridad. Las formas le llevan, le sugieren, le arrastran… medita en una Forma, en un Mandala. Sin embargo, en alguna parte de sí mismo siente la realidad origen de todas las formas y recuerda el pensamiento de Brancusi: “No busquéis formas oscuras. Lo que os doy es puro deleite. Mirad hasta que lo sintáis. Los que más cerca están de Dios lo han percibido”.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Instalación. 1992)

11 abril 2018Enlace permanente

Cézanne y Kandinsky

 

 

 

 

 

Momentos antes estuvo meditando en el vasto e inútil problema de la Forma, imaginándosela, tratando vanamente de apresar al Ser entre sus manos…: La línea, ¿contiene a la Forma o es contenida por ella?… dándose cuenta de que toda línea material tiene dos bordes y que una línea en estado puro materialmente no existe. Recurre altivo al frasco de los colores creyendo ser la luz que los genera, vibración ondulada que provoca el arco iris, pero se siente como agua sublimada que —habiendo recibido calor— se inmola atmosféricamente a la luz verdadera… se siente herramienta de la luz, como luz misma y siente el color como entropía, expansión y existencia. Y más aún cuando llega a entender que lo que percibe es tan sólo el eco lejano de la Luz, como entendió Cézanne al escribir: “La Luz es una cosa que no puede ser reproducida, pero que hay que representar por otra cosa, por el color, dentro de la misma sombra”.

Absorto en el problema, su mente va de una idea de la Forma a otra sin descanso, sin encontrar el límite definitivo, la concepción final. En ese devenir fluyente de signos, colores y limites, se encuentra navegando nuevamente en aguas de lo absoluto, percibiendo cada vez más claramente su “bajo continuo”, ese que Kandinsky vislumbró en las Artes Plásticas y que Umberto Eco tan bien ha descrito en su Estructura Ausente.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Composición. Detalle. 1999)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Análisis

 

 

 

 

 

 

Ya sabemos que en muchos casos el artista comprometido que trata de liberarse de la tiranía de las formas, de la denotación que implican, de los rasgos, en su afán decodificador del lenguaje visual, se encuentra en su camino con realidades misteriosas e imponderables: Los lienzos negros de Ad Reinhart —sin objeto aparente— sin manchas ni relieves no pueden dejar de mostrar la misteriosa estructura de la urdimbre, reflejos inesperados que las partículas emiten dependiendo de la naturaleza de la luz. Sabe ya que la luz no es continua sino palpitante, que tiene sístole y diástole, que vibra ondulatoriamente como todo lo existente pues todo es luz en mayor o menor medida. Luz y oscuridad se entremezclan como dos seres que copulan, como en la conocida fórmula de Einstein, pero: ¿Dónde nace la Luz?

De manera similar a como había desenmascarado a la figura —objeto suplantador en la tradición naturalista—, el artista puede llegar al límite en el análisis profundo de la Forma. Percibe el parentesco semántico forma/horma, recuerda el concepto aristotélico de Forma como oposi­ción a Materia, pero la Forma le remite a una estructura, a un ente organizado según leyes muy determinadas: puede revelarle aquello que no está manifiesto por inferencia, por deducción. Así siente la vieja división, la vieja herida como cerrada, porque ya sabe que aprehendemos la Forma sensorial y conceptualmente, fijando intelectualmente sus límites, conviniendo su espacio, otorgán­dole realidad en la percepción.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Pastel. Detalle. 2002)

29 marzo 2018Enlace permanente

La cuestión de la forma

 

 

 

 

 

 

Al tratar de imaginar la Forma, al figurársela, el artista se encuentra inevitablemente con la necesidad de delimitar, de partir lo Único, articulando en un vacío. Siente tensiones que se le sugieren en el espacio y en el plano. La Forma se le figura unas veces como apariencia del Objeto, otras como disposición estructural llegando frecuentemente a tautológicas vivencias del tipo: La Forma contiene a la Forma y otras similares. Como configuración externa, el artista encuentra la Forma como masas de color, de luz y sombra, impresiones que pueden o no llevarle a la compresión intelectual del Objeto, como esas diagonales que —desde el Renacimiento— nos sugieren la ilusión de la profundidad en un plano. El dibujo, la línea delimita la Forma, compone, describe, nos remite a otra forma. El Color implica Forma, quedando ésta finalmente como un conjunto de relaciones percibidas, como ser estructural, como Vida.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Las hojas de Ibrahim. Detalle. 1997)

20 marzo 2018Enlace permanente

tauriq/tastir

 

 

 

 

 

Resulta de lo más aleccionador la formulación histórica de ésta Dualidad Estructural en el desarrollo del Arte Islámico a través de sus dos principales sistemas de representación en las artes plásticas: El tauriq y el tastir. El tauriq se refiere claramente a un arte de la Naturaleza que se vale de temas vegetales articulados con una gran exuberancia: hojas, ramas cargadas de sensualidad… Por el contrario, el tastir se ocupa en una geometría de líneas rectas que se refieren a conceptos universales y abstractos, a ideas, a ‘pensamientos visuales’ en el más vigente sentido del término acuñado por Rudolph Arnheim.

Sin embargo, en occidente, éstas actitudes unilaterales a que antes nos referíamos han hecho posible llevar a extremos muy útiles el análisis de los medios de expresión en las artes plásticas, generando toda una corriente analítica en éste sentido, que ha impregnado el quehacer artístico de la segunda mitad del siglo XX, diluyendo los límites que antes —como herencia decimonónica— separaban las disciplinas y proponiendo una actividad interdisciplinar: Arte Conceptual, Minimalismo, Art-Lenguaje, etc.

En la resolución de esa contradicción está la vía sintética que tantos artistas intuyeron en los comienzos de las vanguardias históricas: Kandinsky, Malevitch, Klee… desde los comienzos de su actitud analítica de los medios de expresión, poniendo con ello sobre el tapete la llamada “Cuestión de la Forma”.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Basa de columna de Medina Azahara. Tauriq)

 

14 marzo 2018Enlace permanente

“CAPAZ DE ACOGER TODAS LAS FORMAS MI CORAZÓN SE HA TORNADO”

 

 

 

 

 

 

 

 

“CAPAZ DE ACOGER TODAS LAS FORMAS MI CORAZÓN SE HA TORNADO”.

Reflejos del sufismo en el Arte Contemporáneo en España.  Ana Crespo. Octubre del 2017.

Hashim Cabrera

En Hashim Cabrera disfrutamos de las  descripciones de los colores del alma en sus ensayos (Cabrera, 2008) que devienen poéticos por la sutileza de sus palabras, como saboreamos  la plasticidad de la cualidad de sus cromatismos visuales.

Un artista con una extensa y comprometida trayectoria vital y artística ligada tanto al sufismo como al Islam. La profundidad expresiva de su trabajo plástico se nutre además  de una dilatada investigación teórica que ofrece claves para comprender la abstracción occidental desde las huellas del arte islámico (Cabrera, 2008). Unos textos  plenos de rigor y poesía.

Como creador plástico Cabrera encuentra en el lenguaje abstracto y en el  expresionismo abstracto, las analogías para expresar la dimensión sutil  e inmensa del mundo del alma. Un estilo que él define, en función de esa objetividad interna, de esa expresión de la verdadera  Realidad, como un naturalismo abstracto.

El trabajo de Cabrera se inspira en una  revisión del   simbolismo del  color y la mística islámica, las cualidades internas de los colores y sus efectos en el viaje y el desarrollo espiritual. Ejemplo de ello es su exposición “Los colores del alma”[1], un recorrido cromático a través de una  geografía interna.

Secuencia del verde

Encontramos en su obra reminiscencias de Rothko, Motherwell o la teoría del arte de Kandinsky, junto a los colores internos de Goethe. Una obra expresiva  en la que la vibración poderosa del color  contrasta con la sobriedad de la forma para aludir a esa dimensión sagrada de la existencia. Los dorados y blancos del mundo del Yabarūt se presentan sencillos y a la par sublimes. Los rojos con los verdes, que el sufismo,  relaciona con la visión del corazón (Kubra, 2001), o el poderoso negro luminoso llenando la extensión del cielo junto a una tierra blanca, son propuestas cromáticas impactantes para expresar una dimensión transcendente y teofánica.  Son obras con una expresión cromática intensa, pero a la vez plena de sencillez y rigor estructural, son como una oración entregada.  “Lo que a mí realmente me interesa es una experiencia ampliada del color, como fenómeno holístico, como teofanía” (Cabrera, 2008).

Su trabajo, por otra parte, reivindica la textura y la presencia del material, la corporeidad física de la materia  unida  a la espiritual de la  Luz.  La obra que  presenta en Jayal reúne la dimensión ancestral del color negro  con la dimensión Verde  Muhammadí. Defiende  también  la estructura formal, al igual que pone en valor  la disciplina del trabajo espiritual, como base para ascender en los diferentes estados espirituales (maqam). Este itinerario  es protagonista en la obra   que  muestra en Jayal. Una obra vertical, ascendente que se orienta, sobria, hacia el verde. Verde, color sagrado del Islam, verde  luminoso, que  aguarda al viajero tras abandonar el pozo de la existencia (Kubra, 2001, p.137).

El verde, según Cabrera, tiene una existencia fronteriza y enigmática, una cualidad restauradora y reconductora, “casi te diría que me lleva a la idea de resurrección” (Cabrera, 2008).

 

El artista mira en su interior

 

 

 

 

 

 

 

 

El artista mira en su interior, siente su corazón que late y vive, que transmite y suscita como mensajero de lo inefable. Para ello debe limpiar su corazón, meditar sobre su intención y ser como un espejo, como un tubo sonoro por el que libremente ha de circular la energía que todo lo recorre y penetra, sintiendo entonces los dioses y los símbolos como cualidades de lo Único, los colores como cualidades de la Luz, las articulaciones como inconmensurables actos de adoración. Lo creado en permanente adoración: lo Único henchido de lo Único.

La interacción entre los polos de esa Dualidad Estructural se produce tanto en la Naturaleza como en la Cultura. La naturaleza reflexiva de nuestro artista, su actitud especulativa y lunar le ha llevado incluso al análisis del propio proceso reflexivo, de los medios de conocimiento y de expresión, sometiendo a decodificación el propio discurso plástico. Una característica de nuestro ya viejo siglo XX ha sido llegar a síntesis aparentes negando —como si ello fuera posible— alguna de las partes en conflicto dentro de la Dualidad Estructural. Los racionalistas doctrinarios, excluyendo la intuición en una actitud idólatra hacia la Ciencia negaron su propio progreso: en el campo del arte, los constructivistas puros. Por otro lado los “artistas” que, siguiendo la tradición naturalista y romántica, idolatraron la inspiración, atribuyéndola en muchos casos a la realidad sobrenatural y rechazando, aparentemente, la teoría, el proyecto. Aparentemente, porque en realidad no es así: tanto una postura como otra se interaccionan mutuamente. El constructivista, geómetra, participa también de lo emotivo mediante el color y casi diríamos mediante la forma, ya que por experiencia sabemos que forma y color no existen en la Naturaleza separadamente.

El expresionista abstracto, gestual intuitivo, “construye” la forma, no puede evitar que su gesto devenga en una dirección y no en la otra o las otras posibles, siguiendo una trayectoria, articulando un discurso, una estructura organizada, significativa y formal. También el constructivista, con su progresiva conciencia de las relaciones abstractas, de la estructura numérica de la Forma, percibe sensorialmente las formas: el triángulo, el círculo, siendo atravesado por su contenido profundo.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Caída. Técnica mixta sobre lienzo. 1994)

 

21 febrero 2018Enlace permanente