10 abril 1986. Madrid, Club Financiero Génova

 

 

 

 

 

 

 

 

Urbano en el sentido de humanidad convergente, de sueños construidos sobre un trozo de campo, cemento sobre piedra, vidrio envolvente sobre aire, asfalto sobre tierra. Espacio compartimentalizado donde cada compartimento nos devuelve la imagen —gran angular— del resto. Monstruo de muchas bocas y de muchas palabras, entidad que se ahoga y respira por las bocas de salida del metro.

Recuerdo los momentos que hicieron del niño un adulto. Es un error insistir en la acción que nos lleva al error. Me acuerdo de mis hijos. Recuerdo la sonrisa de Zahrá. Pienso que no debo nombrar lo profundo porque puedo desvirtuarlo.

Madrid es una criatura viva y enorme, que palpita y ofrece rostros innumerables. Más o menos grata, más o menos acogedora, pero vive y hace que sea casi imposible abstraerse de ella. Es una ciudad emergida del tiempo, como si hubiese necesitado incontables acuerdos para poder llegar a ser lo que hoy es.

Aún quería extraer ternura del cemento, ver una especie de carnalidad en el hormigón acristalado. Una verdadera barbaridad. Otra vez buscando a mi madre, otra vez el error. Si sólo el rostro femenino me devuelve la imagen de la belleza.

No sería aventurado pensar que esa aparente falta de estilo —en el sentido de cadencia histórico cultural, de formas escolásticas—  no sería sino el lenguaje que emplea la conciencia contemporánea para expresar el caos, un desorden sin directrices claras, sin valores absolutos, sin un marco interpretativo que asuma las contradicciones que se dan en su seno, no cuadrándolas ni analizándolas urgentemente ni numerándolas y, menos aún, silenciándolas.

Un ruido de fondo permanente, sordo, de maquinaria rodada, amortiguada. A veces suenan los chips del teléfono, a veces “buenos días”, “¿más tranquilo?”, pregunta la secretaria del director a alguno que acude y cuyo rostro sólo puedo adivinar. La secretaria cruza airada la sala de exposiciones hasta perderse en los laberintos mientras el solicitante silba y suena otra vez el chip y sigue la maquinaria: “El señor director dice que puede usted pasar a su despacho”: “¿Es usted el pintor? ¿Por qué no ha venido usted antes?”

2 noviembre 2017Enlace permanente