1989

 

 

 

 

 

 

La desolación, sentimiento que a veces precede a la soledad, ha sido a menudo un punto de partida para el artista, en la larga y difícil andadura en pos del conocimiento de sí mismo y del mundo. Ahí se reconcilia con la materia de la que es parte y sobre la  que actúa. El arte es entonces su refugio, la representación íntima de esa otra Realidad inaprensible y avasalladora, pero también la madre oscura y cálida del principio. Decepcionado tantas veces de la Realidad, “regresado” de ella, sucumbe en su propia profundidad y —perdido en la negrura— buscará la luz en el laberinto de los mil colores que lo envuelven hasta sentir la comunicación cuando alguien contemple su obra, cuando ese lenguaje resuene en las otras conciencias. Parece como si en ese regreso se aislara del mundo mediante una placenta que no es sino su propio discurso interior, fijando en sí mismo la atención ya delirante de sus sentidos hasta el nirvana, éxtasis que le anticipa, aun estando vivo, la inmovilidad absoluta de la muerte.

Conjurado ante su conciencia y encogido, como si temiera mostrar sus entrañas a esa Realidad que asume —ante sus ojos ávidos de Belleza— la luz inequívoca de lo carnal, siente una imagen de energías inconmensurables. El vínculo que entonces establece entre los fragmentos de esa Realidad que le envuelve por dentro y por fuera, lo vive en un vacío —misterioso terreno— generando una chispa de comunión y unicidad.

(DE LA NATURALEZA Y LAS CULTURAS. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento)

20 noviembre 2017Enlace permanente