Análisis

 

 

 

 

 

 

Ya sabemos que en muchos casos el artista comprometido que trata de liberarse de la tiranía de las formas, de la denotación que implican, de los rasgos, en su afán decodificador del lenguaje visual, se encuentra en su camino con realidades misteriosas e imponderables: Los lienzos negros de Ad Reinhart —sin objeto aparente— sin manchas ni relieves no pueden dejar de mostrar la misteriosa estructura de la urdimbre, reflejos inesperados que las partículas emiten dependiendo de la naturaleza de la luz. Sabe ya que la luz no es continua sino palpitante, que tiene sístole y diástole, que vibra ondulatoriamente como todo lo existente pues todo es luz en mayor o menor medida. Luz y oscuridad se entremezclan como dos seres que copulan, como en la conocida fórmula de Einstein, pero: ¿Dónde nace la Luz?

De manera similar a como había desenmascarado a la figura —objeto suplantador en la tradición naturalista—, el artista puede llegar al límite en el análisis profundo de la Forma. Percibe el parentesco semántico forma/horma, recuerda el concepto aristotélico de Forma como oposi­ción a Materia, pero la Forma le remite a una estructura, a un ente organizado según leyes muy determinadas: puede revelarle aquello que no está manifiesto por inferencia, por deducción. Así siente la vieja división, la vieja herida como cerrada, porque ya sabe que aprehendemos la Forma sensorial y conceptualmente, fijando intelectualmente sus límites, conviniendo su espacio, otorgán­dole realidad en la percepción.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Pastel. Detalle. 2002)

29 marzo 2018Enlace permanente