
¿Cuál es en realidad el espacio para el conocimiento, para la adquisición de sentido? Si no es ese espacio físico que imaginé durante años ¿dónde está el taller?
Ya sólo puedo vislumbrar el descenso de las luces que conforman mi visión, el manantial luminoso que estructura las formas y los colores, en ese no-dónde que se sitúa en lo más recóndito de mi alma, en el ‘lugar‘ donde se materializan las ideas y los objetos adquieren una corporeidad espiritual.
¿Quién es el dueño de ese pensamiento, de esa visión? ¿Quién puede reclamar su autoría?
Y ahora me encuentro atravesando el ayuno de ramadán, meditando durante horas en la luz verde que atraviesa el agua de la alberca que nutre nuestros cuerpos, absorto en las ondulaciones armónicas de esa energía que se despliega por toda la creación y que también anima este jardín. En algún momento que no es ningún momento, instante que aflora en el no-cuándo, me he llevado la grata sorpresa de encontrarme una caligrafía con el Nombre del Autor, la firma indeleble de Su Autoría, hecha de letras árabes claras, de reflejo de hojas de un cañaveral, y me he sentido muy contento.
Tal vez esa donación de significado esté determinada por un campo unificado que nos trasciende por una especial coyuntura que hace del instante un evento único que nos ayuda
a situarnos en el tiempo verdadero, más allá de las ideas y las vivencias condicionadas por ese tiempo mecánico de los relojes y de las cifras que hemos ido interiorizando a lo largo de toda nuestra vida.
Tiempo, pues, de descubrimiento, de creatividad, de contemplación de aquello que no cesa de expresarnos movimiento, diversidad y recurrencia, a pesar de no repetir jamás sus articulaciones. Tiempo también de ese silencio que nos deja absortos en una creación inabarcable, llena de belleza y plena de sugerencias…
Hello!