Carta a Jacinto Lara

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes”

Mi querido amigo y hermano: Han pasado ya cuarenta años desde aquel día en que nos encontramos a la vuelta de nuestra aventura italiana. Tú venías de Venecia y yo de Florencia, y estábamos llenos de ansias de descubrir los secretos del arte y de la vida. Desde aquel día yo he sabido que tú eres un artista y así mismo que tú sabes que yo también lo soy. No es poca cosa.

Hemos compartido una larga andadura en esa búsqueda que todo verdadero artista emprende en pos del conocimiento de sí mismo y del mundo.

Hace cuarenta años tú estabas lidiando con las figuras de la historia del arte, sobre todo con Vermeer, escudriñando los misterios de la anatomía y las sutilezas de las veladuras venecianas de Caravaggio. Yo me había embarcado en un apacible realismo mágico que se rompió en un violento expresionismo que me ayudó a completar felizmente mi psicoanálisis.

Dies años después, a mediados de los ochenta, nos enteramos de que la Modernidad agonizaba. Creo recordar que nos lo dijo José María Palencia. Trabajaste entonces con Juan Zafra en una magnífica serie, “De la desaparición de los Héroes”, enfocado sobre todo en la figura de Ícaro, que representa como ninguna otra esa situación de ‘fading’, de caída desvanecida, en este caso del pensamiento y de la cultura en general que entonces estaba aconteciendo, tras el minimalismo y las últimas vanguardias conceptuales. Ciertamente los últimos héroes estaban desapareciendo de la escena. Ícaro caía sin remedio con sus alas derretidas cuando buscaba el sol de la verdad mientras yo me enfrentaba entonces al pájaro herido de mi infancia, a la escena final de mi psicoanálisis, última figura que aparecería en mis cuadros.

La vida cotidiana de los seres humanos estaba siendo desposeída de la luz que le había sido consustancial mientras aquellos se habían sentido inmersos en el devenir de una Historia.

Algún tiempo después, cuando Francis Fukuyama proclamaba el final de esa misma Historia, comenzamos a darnos cuenta de que el proceso de pensamiento que se está generando en nuestra contemporaneidad no está ni mucho menos libre de intencionalidades oscuras. Una de ellas, tal vez por su evidencia, la de desposeer al ser humano de sus referencias conceptuales, de las apoyaturas que conforman nuestras visiones del mundo, favorece claramente los procesos de dominación e incrementa la performatividad del Sistema, única legitimación contemporánea de los saberes y de las actitudes que, como ya señalaran los padres del pensamiento posmoderno —Jean Françoise Lyotard, Jean Baudrillard— se levanta ahora como bandera incolora de una inevitable globalidad. El tiempo nos ha dado la razón con creces.

Desde entonces hemos compartido nuestros hallazgos y en eso no hemos sido los únicos. También Picasso y Braque lo hicieron, y Klee y Kandinsky, y nuestros amigos del Equipo 57. Van Gogh y Gauguin no lo lograron.

Ahora nos hallamos en el último tramo del viaje, recorriendo las estaciones definitivas. Hemos hablado de ello cuando ya la Pintura nos ha regalado casi todos sus secretos y nos hemos quedado a solas con ella como con una amante, disfrutando del hecho de pintar como nunca antes lo habíamos hecho, sin demasiadas preguntas ni ansiedades, sin objeto ni pretensión más allá de la propia Pintura.

El otro día me pediste que escribiese algo sobre tu obra ¿Qué podría decirte que no te haya dicho ya? Hemos bebido el uno del otro, hemos sido generosos con los secretos, y eso es un valor que tú y yo atesoramos y nuestras respectivas obras guardarán para siempre como un tesoro.

En los últimos años, cerca de Hisae Yanase, has buscado el gesto irrepetible como los buenos taoístas, sin renunciar al naturalismo, con un magistral dominio del color. Has buscado, como yo, el mismísimo Ser de la Pintura y nos hemos ayudado mutuamente a descubrir ese “Yo soy la Pintura” que le costó la vida a Jackson Pollock y a sobrevivir al callejón sin salida de los expresionistas abstractos norteamericanos. Quizás José Guerrero o nuestros amigos del Equipo nos han ayudado a ambos. No lo sé.

Nos quedan aún por recorrer los últimos linderos del vacío aunque estén plenos de color, vacío que ahora permea nuestras almas que tantas vidas han vivido, tantas uniones, tantos desencuentros, que tantas estaciones han cruzado…. Vacío que nos libró del miedo y del ansia de ser alguien. Ya sabemos que no somos quienes creíamos ser, que ni Jacinto ni Hâshim existen como tales, que sólo somos polvo de estrellas en medio de un cosmos inabarcable.

Aún así, todavía reconocemos que la Pintura, que el propio hecho de pintar sigue siendo un misterio…, no ya los trucos y secretos del taller, que se nos fueron revelando a medida que nuestras almas se abrían a la vida, a medida que sufríamos el roce con los otros, con el mundo y con la realidad.

Es verdad que hubo un tiempo en que nuestro quehacer tenía una función especialmente terapéutica, pero ambos, tú y yo, fuimos agraciados con aquella escena primaria que apareció un buen día sobre la superficie del cuadro borrando las figuras, respondiendo a la pregunta de ¿Quién soy yo? que nos había impulsado a pintar. A partir de ahí, el dolor, el roce y la fricción se convirtieron en gozo, en alegría.

Hace cuarenta, treinta años, necesitábamos pintar desesperadamente, librarnos de todos aquellos miedos y responder a todas aquellas preguntas. Ahora disfrutamos pintando y compartiendo una cierta maestría, amigo, hermano, ahora estamos encontrándonos, pues ¡Cuántas horas hemos pasado preguntándole compulsivamente al lienzo en blanco, al alma en blanco, entonces tan sola y desolada!

(La obra reproducida de Jacinto Lara se titula “Tribuna” 30 x 30 cm. Resinas acrílicas sobre lienzo. 2017.)

29 junio 2017Enlace permanente