Cézanne y Kandinsky

 

 

 

 

 

Momentos antes estuvo meditando en el vasto e inútil problema de la Forma, imaginándosela, tratando vanamente de apresar al Ser entre sus manos…: La línea, ¿contiene a la Forma o es contenida por ella?… dándose cuenta de que toda línea material tiene dos bordes y que una línea en estado puro materialmente no existe. Recurre altivo al frasco de los colores creyendo ser la luz que los genera, vibración ondulada que provoca el arco iris, pero se siente como agua sublimada que —habiendo recibido calor— se inmola atmosféricamente a la luz verdadera… se siente herramienta de la luz, como luz misma y siente el color como entropía, expansión y existencia. Y más aún cuando llega a entender que lo que percibe es tan sólo el eco lejano de la Luz, como entendió Cézanne al escribir: “La Luz es una cosa que no puede ser reproducida, pero que hay que representar por otra cosa, por el color, dentro de la misma sombra”.

Absorto en el problema, su mente va de una idea de la Forma a otra sin descanso, sin encontrar el límite definitivo, la concepción final. En ese devenir fluyente de signos, colores y limites, se encuentra navegando nuevamente en aguas de lo absoluto, percibiendo cada vez más claramente su “bajo continuo”, ese que Kandinsky vislumbró en las Artes Plásticas y que Umberto Eco tan bien ha descrito en su Estructura Ausente.

Texto: “De la naturaleza y las Culturas”. Publicado por Área de Cultura-Museo, Ayuntamiento de Palma del Río en 1992, fragmento) (Imagen: Composición. Detalle. 1999)