De la naturaleza y las culturas

 

 

 

 

 

 

La gran paradoja es la del hombre que persigue lo que ya tiene y olvida inevitablemente quién es. La vida es entonces un profundo olvido de lo verdadero, un caminar hacia la fragmentación de un yo inexistente que, aún sin realidad, se empeña en aferrarse a los objetos y a las ideas en una quimérica persecución de identidad.

La gran lección de oriente, del pensamiento que de allí nos llega, ha sido siempre el carácter irreal y dudoso que se atribuye a aquello que los sentidos nos muestran con la enorme resolución de un organismo milenariamente evolucionado dentro de una especie racional y concreta.

Pero nuestro artista es de una sangre distinta, la de aquellos que saben que lo humano, dentro de su importancia evolutiva, de su preponderancia en el contexto planetario y en el cosmos, no es sino una criatura más del bestiario de las edades, una muestra ‘cultural’, eso sí, pero precisamente esgrimiendo una cultura que no ha sido capaz de llevarlo a la cima de las genuinas capacidades de su espiritualidad.

En silencio, tarde tras tarde, observando el discurso de las estaciones, como místico desocupado, carente de la necesidad de producir obras, se sumerge en el más profundo de los misterios y siente la presencia íntima del Creador, ser intangible que sustenta todo lo existente, amigo del artista cuando éste se sienta a escuchar el olvido.

Es entonces cuando recibe el legado de lo secreto, la transmisión del inefable signo que lo formó deviniendo en obra, en criatura…

Y, en cambio, los otros, los artistas, estaban entretenidos mirando una y otra vez las obras de los hombres, las claves de los tiempos, el pensamiento de la época, escudriñando las rendijas donde poder colocar unos objetos que tuviesen al menos la cualidad de ser diferentes, inéditos, impactantes, novedosos… acción para unos, quietud para los otros. Danza entre el movimiento y el reposo, entre la vigilia y el sueño.

Soñar con la transformación de un espacio en la creación, añadir, quitar, como si fuese un juego, un juego en el que se dirimiesen las biografías de nuestros semejantes, alteradas en algún caso por un suave aleteo, por una sutil e invisible influencia.

(De la Naturaleza y las Culturas. 1992. Fragmento. La imagen se corresponde con obras de ese período)

17 octubre 2017Enlace permanente