Ishraq, los colores del alma. Física de la luz y fisiología del color

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La radiación electromagnética del universo comprende un espectro vibratorio de una amplitud casi inimaginable 9: Rayos gamma, rayos X, luz ultravioleta, luz visible, luz infrarroja, microondas y ondas radiales. La radiación emitida por nuestro sol ocupa tan sólo una fracción mínima de todo ese espectro y comprende la luz ultravioleta, la luz visible y la luz infrarroja. La denominada luz visible es, por tanto, una parte casi insignificante de toda la radiación.

Las ondas más cortas —rayos gamma, rayos X y luz ultravioleta— tienen tanta cantidad de energía que pueden romper átomos y moléculas. Conocemos los perniciosos efectos de algunas frecuencias de luz ultravioleta en los seres vivos. Por el contrario, las ondas que son más largas que las de la luz visible no ejercen un efecto destructivo sobre la materia y los seres vivos porque su energía es mucho menor. Entre ambas frecuencias se sitúa la que denominamos luz visible 10, que se constituye en ingrediente conformador de la materia y de los seres vivos. Las frecuencias comprendidas en la luz visible contienen la llamada energía de umbral, una vibración que favorece y posibilita todas las reacciones y procesos químicos que soportan la vida.

La atmósfera terrestre sirve de filtro a las radiaciones solares y cósmicas, dejando pasar la luz visible, la infrarroja —el calor— y una porción de radiación ultravioleta que no es perjudicial sino necesaria para algunos procesos vitales, como la síntesis de la vitamina D en los animales y la fotosíntesis de los vegetales. Los cambios atmosféricos influyen en la composición de la radiación que llega hasta la biosfera que habitamos los seres humanos. El debilitamiento de la capa de ozono, por ejemplo, deja pasar una mayor cantidad de radiación ultravioleta, afectando a los seres vivos, a la salud y al equilibrio ecológico del planeta.

Pero no sólo el aire atmosférico sino también el agua sirve para modular y filtrar la radiación electromagnética. La luz visible es la única radiación capaz de atravesar el agua. La infrarroja, que ha podido atravesar el aire atmosférico liberando calor, sólo penetra unos cuantos milímetros en el agua. La luz roja penetra unos ocho metros, la amarilla alcanza hasta los cien y la luz verde desciende hasta más de doscientos cuarenta metros.

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La denominada luz visible también desencadena los procesos químicos necesarios para producir la visión en el ojo humano. Los fotones atraviesan el iris por su centro, por la pupila, y llegan hasta el interior del globo ocular, estimulando las células de la retina. En ellas existe una gran cantidad de moléculas de una sustancia llamada rodopsina, que se transforman y cambian con el impacto de los fotones. Esta reacción físico-química acaba generando una corriente bioeléctrica que llega hasta el cerebro a través del nervio óptico. Solamente la energía que se sitúa dentro de la llamada banda de luz visible puede generar —en inevitable tautología— la visión.

Hoy sabemos que la retina tiene dos tipos de células sensitivas a la luz, los conos y los bastones. Los bastones son células que permiten ver en la oscuridad, funcionan con baja intensidad de luz pero no registran el color. Los conos perciben el color, pero necesitan de un alto grado de iluminación para activarse. Tenemos tres tipos de conos que perciben el rojo, el verde y el azul. La estimulación de estos tres tipos de biosensores permite generar toda la gama RGB de objetos cromáticos en nuestra visión.

Desde un punto de vista perceptual, hay seis colores primarios dispuestos como pares opuestos a lo largo de tres ejes. Estos tres ejes encuentran su correspondencia con los tres canales de luces coloreadas que se obtienen al juntarse los estímulos de rojo, verde y azul —RGB— en las células de la retina: Uno es el canal de luminosidad, basado en la suma de los tres tipos de conos, que produce la percepción de la intensidad luminosa, del claroscuro (blanco-negro). Otro es el canal rojo-verde, que surge de la diferencia de excitación entre los conos sensibles al verde y los sensibles al rojo y un tercer canal amarillo-azul, que emerge de la diferencia entre conos sensibles al azul y la suma de la excitación de los conos sensibles al rojo y al verde.

Por otra parte, en la década de los ochenta del pasado siglo, el biofísico alemán Fritz Albert Popp demostró experimentalmente que todas las células de los organismos vivos emiten una luz coloreada muy débil. Esta luz, denominada luz biofotónica, es una radiación armónica que tiene la capacidad de comunicar las células entre sí. Células del mismo tipo producen fotones de la misma frecuencia que interfieren entre sí, creando canales de comunicación entre ellas por empatía o resonancia vibracional. Los fotones transmiten información sobre el cómo y el cuándo de determinadas reacciones químicas en el interior de las células. Las investigaciones de Popp concluyen en que la luz biofotónica se produce en la dinámica profunda de todos los procesos biológicos.

La ciencia contemporánea escapa así del paradigma mecanicista y entra en contacto con determinadas tradiciones holísticas, que se han expresado en términos análogos durante siglos. Los seres vivos no sólo son materia sino que emiten energía en forma de campos electromagnéticos, en este caso luces coloreadas, produciéndose una constante interacción entre ambos modos de manifestación. Todo lo que se manifiesta puede hacerlo al mismo tiempo como materia y como onda energética. Materia y energía son aspectos diferentes de una Única Realidad, de un campo unificado que no alcanzamos a conocer ni abarcar nunca del todo.

Con el descubrimiento de la biofotónica, la tensión onda-partícula, ya bien conocida por la física, ha alcanzado a la biología: Los seres vivos y, entre ellos, los seres humanos, somos al mismo tiempo materia y onda electromagnética. Estamos formados por células y sustancias químicas, pero en ellas surge un campo energético luminoso. Esta constatación implica un nuevo paradigma, holístico, no mecanicista, más abierto e inseguro, aplicable al conjunto de todos los seres vivos. Las aplicaciones terapeúticas de este principio comienzan a producir sus frutos. Existen ya métodos de fototerapia sintónica que utilizan las luces coloreadas de un prisma directamente sobre los ojos de los pacientes, afectando al funcionamiento glandular y normalizando la producción de hormonas. La luz coloreada restablece así el normal funcionamiento corporal, de una manera psicofísica, es decir, holística.

La luz que podemos percibir fisiológicamente mediante sus inflexiones cromáticas en nuestras retinas interacciona con nuestra propia luz biológica. Cabe entonces preguntarse si la naturaleza energética y luminosa de nuestros propios procesos vitales —biológicos, psicológicos, emocionales— percibida por la biofotónica de manera sutil pero inequívoca, puede ser esa misma frecuencia luminosa que se manifiesta en la experiencia meditativa de las luces coloreadas, en el mundo fronterizo del alma imaginadora, descritas por místicos y artistas.

Esta visión no mecanicista, holística, del acontecer luminoso y del fenómeno cromático constituye la base de la cromoterapia contemporánea, una ciencia que se mueve en el delicado terreno fronterizo entre la física, la neurofisiología y la psicología del color. Pero esta visión no es tan nueva e inédita. Casi todas las grandes culturas han utilizado el color para prevenir y tratar enfermedades o para inducir estados de conciencia. Los antiguos sanadores usaban objetos coloreados y los lugares donde realizaban sus tratamientos estaban también pintados de determinadas tonalidades.

En la Persia zoroastriana, cuna no casual del pensamiento auroral de los ishraquiyún, se practicaban terapias mediante cristales que eran usados como medio de producir diferentes luces coloreadas. Estos cromoterapeutas persas transmitieron más tarde la tradición ayurvédica a la India, un paradigma que está basado en el principio holístico de que cuerpo, mente y medio natural son aspectos de un mismo campo energético inteligente que lo envuelve y penetra todo, produciendo y sustentando la vida.
En nuestro tiempo, la fototerapia optométrica utiliza diferentes frecuencias lumínicas que actúan estimulando la bioquímica cerebral a través de la conexión nerviosa existente entre la retina y el hipotálamo. Básicamente esta ciencia, en primer lugar, evalúa la sensibilidad a los diferentes campos de color —RGB— en la retina de los pacientes siguiendo un itinerario determinado, normalmente verde-rojo-azul. El campo verde es el más reducido y el que tiene más sensibilidad a las condiciones lumínicas extremas. Medir las contracciones y expansiones de estos campos en la retina ofrece información sobre el estado vibracional de diferentes áreas y órganos del cuerpo.

Se considera aquí, además, que el color es un tipo de información energética que se registra a través de las emociones y los estados psicológicos. Así, una constricción o pérdida de sensibilidad a la luz verde indicaría, según el investigador Larry Wallace, que “una persona tenga dificultades en sus relaciones personales o familiares. Una pérdida de sensibilidad frente al verde también podría implicar emociones como amargura, pena, cólera, egocentrismo, soledad, y carencia de expresiones de perdón en el aspecto psicológico de la persona” 11.

El segundo campo de color es el rojo, que representa la integralidad sistémica del organismo. Las contracciones en el campo rojo indican congestión, sobre todo del sistema circulatorio. El campo rojo está estrechamente correlacionado con el campo simbólico. El campo azul es el último en ser trazado y es habitualmente el más grande.

Tradicionalmente el campo azul se lee como una expresión de la integridad energética del corazón y del sistema suprarrenal. Los campos azules representan la creatividad y se relacionan con sentimientos tales como seguridad/miedo o claridad de pensamiento y estados meditativos.

El reequilibrio de estas disfunciones que expresan los distintos campos de color retinianos se consigue mediante el uso directo de fuentes de luz coloreadas RGB que compensan las constricciones y desajustes de los tres campos básicos. La influencia lumínica sobre el organismo se produce por un efecto de resonancia entre los fotones de la luz exterior y el campo luminoso emitido por las células.

Incluso se ha podido verificar que “la radiación luminosa de las células próximas a morir se intensifica visiblemente, y que los procesos de reparación del ADN lesionado están relacionados con la fotorreparación o fotorreactivación, fenómeno experimentalmente establecido por el cual los daños genéticos de las células y las formaciones celulares —cualquiera que haya sido el modo en que se provocaron— se reparan prácticamente siempre en sólo unas horas cuando son irradiados por una débil radiación ultravioleta de una banda espectral particular” 12.

Notas
9. La longitud de onda más amplia puede tener varios kilómetros y es 1025 veces mayor que la más corta, que mide una billonésima de centímetro. La radiación más corta, los rayos gamma, es la más energética y rápida, mientras que las más largas y lentas se denominan ondas radiales. La luz visible se sitúa entre ambas.
10. Aceptamos y utilizamos aquí la denominación de luz visible aún a sabiendas de que se trata de una etiqueta errónea. No vemos la luz sino que es la luz lo que hace posible nuestra visión. Sería más correcto decir luz visibilizadora, pero este último término, paradójicamente, no existe en los diccionarios.
11. WALLACE, Larry, Color fields in Syntonics. O.D. Journal of Optometric Phototherapy, March 2002. Traducido por el autor.
12. Sánchez Mellado, Alejandro. La luz biofotónica o el fin del materialismo. Pliegos de opinión.
19 Octubre 2016Enlace permanente