Ishraq, los colores del alma. Metafísica de la luz y fenomenología del color

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“Y toda la belleza de variados colores que ha creado para vosotros en la tierra: ¡Ciertamente, en esto hay un mensaje para quienes están dispuestos a tomarlo en serio!”

(Qur’án, sura 16, aya 13)

La luz no es visible en sí misma si no es a través de su modulación cromática, de una diversidad de luces coloreadas ordenadas que la tornan legible y vivenciable para nosotros, articulándola, secuenciándola o inflexionándola en la diferencia, tornándola lenguaje. Estas inflexiones, roces y alteraciones —“gozos y sufrimientos” en la terminología de Goethe—dibujan en nuestra fisiología un rastro de huellas coloreadas, suscitándonos la conciencia de la diversidad y la sucesión, del devenir y el acontecer.

Sentimos inevitablemente una clara remembranza de la luz cuando percibimos el color porque no podemos dejar de sentirlo como una huella o vestigio del acontecer luminoso.
Sin la energía posibilitante de este devenir luminoso nos resulta imposible percibir o tan siquiera concebir el color, la diversidad de los mundos y de los fenómenos. Al contemplar los colores no hacemos sino seguir el rastro de esa luz anhelante que nos hace ver y que nos va construyendo y deconstruyendo material y energéticamente, trazando un itinerario entre las sombras. Por otra parte, el color es un fenómeno genuinamente animal y humano. Aunque el color tenga una existencia, independientemente de si está manifestado o no, sin ojo que procese las ondas luminosas no hay manifestación cromática, sólo vibración, energía.

Por todo ello, cualquier investigación holística sobre el color ha de tener necesariamente en cuenta diversos ámbitos: la relación entre luz y color, las leyes y cualidades físicas de los colores, el mundo de la fisiologia y la percepción visual, y diversos segmentos ya culturalizados, vividos y aquilatados en el mundo del alma, en el lugar donde el color eclosiona como lenguaje, como signo capaz de configurar o prefigurar visiones y lecturas coherentes de nuestro acontecer.

Transitamos entonces desde el estudio físico de la luz y de los colores, primario y fundacional, hacia el sustrato más complejo de su significación, hacia ese mundo cualitativo y conformador que las vibraciones luminosas suscitan en nuestro interior, en nuestro yo o alma, modelando así nuestra visión y, a través de ella, nuestra concepción de nosotros mismos y de los mundos que transitamos. Peregrinamos desde el análisis de los procesos físicos, de la percepción visual y de su química molecular, hacia el ámbito de la memoria cultural y espiritual, y lo hacemos a través del sustrato psicológico y emocional, de ese mundo sutil de la imaginación activa y creadora donde habitan las almas. Analizamos, evaluamos y experimentamos el color desde todos los puntos de vista posibles e imaginables y no terminamos de cerrar su vasto círculo, sugerido en un arco iris que aparece y desaparece cíclicamente en el cielo de nuestra visión.

En todos los niveles de manifestación que abarca la experiencia visual  aparece el color. Los colores sensibles, impresiones y expresiones psicobiológicas de nuestro devenir terrenal, hallan en el arco iris una fuente de sentido y significado, de orden y secuencialidad estructurales, como si esa sucesión nos revelase la urdimbre del fractal que construye nuestra visión; visión que no es sino una expresión particular, cualitativa, huella o signo de un orden luminoso en este universo humano y terrenal, de un lenguaje que se constituye, en nuestros ojos y en nuestras conciencias, como un inevitable claroscuro.

También con bastante frecuencia vivimos la experiencia de luz y color como sentimiento de la belleza del mundo, en una mirada aparentemente dirigida hacia el exterior, pero esta experiencia se sustenta sobre todo en la visión interior, en ese ámbito intermedio de la imaginación creadora que Henry Corbin ha denominado tan acertadamente como mundo imaginal. El color imaginal surge, tanto en el recuerdo o visualización interior del color percibido ocularmente, como en la experiencia visionaria de las luces coloreadas en estados alterados de conciencia o en estados meditativos. Esta confluencia nos sugiere la íntima conexión de los mundos y sus aconteceres, las estrechas relaciones existentes entre la mente conceptual y las percepciones, entre materia y energía.

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Efectivamente, el color imaginal tiene una correspondencia fisiológica. Las experiencias guestálticas sobre percepción visual demuestran que los estímulos luminosos dejan una huella en nuestro organismo en forma de recuerdo fisiológico, una persistencia de la vibración luminosa en forma de luz coloreada o fosfeno. Si miramos fijamente durante unos segundos un objeto de un color rojo intenso y luego volvemos la mirada hacia otro lugar nos encontramos con la huella del objeto proyectando en nuestra visión la luz del color complementario, en este caso una luz verde, independientemente de que tengamos los ojos abiertos o cerrados. Algo similar nos ocurre al recordar el color, al recrearlo en nuestra imaginación. También el fenómeno de la sinestesia apunta a la existencia de estas modalidades sutiles de percepción cromática.

En la tradición occidental la primera mención moderna de esta fuente fisiológica del color la hallamos en la Farbenlehre de Goethe, aunque éste nos aclara que “sus manifestaciones se conocen desde tiempos remotos, pero como no se podía captar su fugacidad se los confinaba al reino de los fantasmas nocivos designándolos en este sentido con los nombres más diversos”.

En la segunda mitad del siglo XX, el fosfenismo ha sido investigado exhaustivamente por el doctor Francis Lefebure, quien ha desarrollado diversos métodos de estimulación cerebral por medio de la experiencia de las luces coloreadas que surgen en nuestra percepción a partir de la contemplación más o menos prolongada de una fuente luminosa. Estas investigaciones han sido la base de toda la tecnología de estimulación de ondas cerebrales mediante los dispositivos conocidos como megabrains13.

Lo más significativo de este método reside en el hecho de que, por primera vez, se establece una relación empíricamente comprobable entre los diversos ámbitos que integran el fenómeno de la visión, incluyendo el mundo del alma, mundo de la imaginación creadora, de la memoria y del recuerdo. La persistencia de las luces coloreadas en nuestro interior durante un período más o menos largo de tiempo determina una serie de reacciones fisiológicas que producen una intensa estimulación de las facultades cognitiva e imaginativa, además de determinadas funciones glandulares de producción hormonal.

Como hemos dicho anteriormente, también la Optometría, mediante las denominadas técnicas de fototerapia, se utiliza en nuestros días tanto como una potente herramienta de diagnóstico como para estimular la bioquímica del cerebro a través de la percepción visual. Además de corregir desequilibrios visuales, se ha constatado que la Fototerapia Optométrica mejora el estado anímico, el rendimiento general y el logro académico. La base de esta conexión entre la estimulación con luz coloreada y el equilibrio emocional o la potenciación del rendimiento intelectual, reside en la conexión de la visión con determinados centros cerebrales como el hipotálamo y la glándula pineal o epífisis, situada en el diencéfalo.

Estos centros glandulares influyen en el equilibrio bioeléctrico, químico y hormonal afectando a todas las funciones corporales. Cuando no hay luz, la epífisis produce melatonina a partir de la serotonina, una sustancia que regula los ciclos de sueño y vigilia y los denominados ritmos circadianos. Se investiga hoy si la serotonina podría ser responsable de producir los efectos visuales del sueño. Se encuentra también en la naturaleza en diferentes plantas usadas en la elaboración de ayahuasca, uno de los enteógenos14 más potentes que existen. Quizás por ello, Descartes, desde su visión dualista, estaba convencido de que la glándula pineal conectaba el cuerpo con el alma, y en los trabajos de los primeros  occidentales que investigaron los chakram o centros de energía de las tradiciones orientales, se identificaba a la glándula pineal con el “tercer ojo”, el chakra aina del hinduísmo.

Hemos de mencionar aquí que casi todas las culturas han utilizado las sustancias enteogénicas como un medio de acceder al mundo imaginal y a las fuentes imaginales del color. Son sustancias químicas que ya existen en el propio organismo y son producidas por las glándulas cerebrales al ser estimuladas por la luz, por el color derivado de ella o por otros factores aún no bien conocidos. Así, la dimetiltriptamina (DMT), que es uno de los principios activos contenidos en la ayahuasca, también se produce naturalmente en el cerebro humano. Algunos investigadores aseguran que esta sustancia se segrega de forma espontánea en las experiencias cercanas a la muerte y en ciertos estados místicos. La dietilamida del ácido lisérgico (LSD) está presente en el cornezuelo de centeno y la psilocibina en ciertas variedades de hongos. La mescalina se obtiene de algunas especies de cactus como el peyote o el San Pedro. Se trata de una fenetilamina relacionada estructuralmente con un neurotransmisor, la noradrenalina y con la hormona epinefrina. Tanto la mescalina como la psilocibina y el toloache han sido utilizadas tradicionalmente por los chamanes en rituales religiosos, entre las culturas indígenas americanas, como inductoras de una apertura psicoespiritual.

Las visiones que estas sustancias producen en nuestro interior se caracterizan por su intenso colorido y su vividez. Tras una experiencia enteogénica plena de luces coloreadas el ser humano suele regresar al mundo ordinario con su capacidad de percepción cromática acrecentada.

Entonces, si la luz está presente tanto en el mundo exterior que percibimos como en nuestro propio organismo ¿dónde surge el color, en qué rincón emerge? El mundo que vemos ¿está ahí fuera? ¿está dentro? ¿fuera o dentro de qué o de quién? ¿del cuerpo? ¿del yo? ¿Dónde está el límite, la frontera, entre lo interior y lo exterior? El color nos ayuda a vivir ese tránsito constante entre los mundos, a recordarnos, desde el ámbito fronterizo e imaginal, que hay una corriente de intercambio energético que no se detiene, que desborda los límites. La luz y el color están allí, ahí y aquí, nos hacen recordar argumentando nuestra visión, haciendo legible y comprensible nuestra experiencia del mundo, del acontecer, y nuestra propia naturaleza de claroscuro.

Todo ello nos lleva inevitablemente a reconocer que son muchos los ámbitos donde acontece el fenómeno del color pero también que, independientemente de dónde se produzca su brotación, podemos decir que el color es primariamente inflexión, información, señal, y que, como todo código de señales, el lenguaje cromático ha de comprender una lexicografía, una gramática, una sintaxis, una semiología y una hermenéutica. En el marco de las culturas occidentales modernas, los primeros ámbitos han suscitado más interés que los últimos, y, de éstos, el más relegado hasta hoy ha sido seguramente el ámbito hermenéutico, por la imposibilidad del pensamiento moderno más tardío de utilizar marcos interpretativos unitarios, un serio problema epistemológico del que hablábamos al comenzar este ensayo.

La hermenéutica, en este caso aplicada al color, requeriría de una actitud y una visión holísticas que trascendiesen el marco lógico y analítico de la física y la biología —e incluso el más aparentemente subjetivo de la psicología— como ciencias separadas e independientes, y se abriesen a una dimensión más insegura y vulnerable, a un ámbito de experiencia interdisciplinar donde pudiesen vislumbrarse, además de las diferencias y especificidades, los vínculos y señalamientos, las homologías y correspondencias. Esta actitud y esta visión más allá del análisis mecanicista han eclosionado en la contemporaneidad durante las dos últimas décadas, por lo que aquel olvido resulta aún comprensible. Hoy hablamos ya de Biofísica y de Biofotónica, como campos de investigación holística que tienen en cuenta los diversos aspectos del fenómeno lumínico/cromático.

La voluntad hermenéutica siempre aspira a alcanzar el manantial de los significados, ese ámbito polisémico donde entran en contacto los datos de nuestra experiencia sensible y el mundo abstracto de la lógica y de las ideas, mediante la visión imaginadora, la meditación y la experiencia conceptual más extrema. Quizás sea este el ámbito que pueda sernos de más utilidad a la hora de abordar un estudio unitario y holístico del color desde una perspectiva fenomenológica.

El recorrido y los aconteceres de la luz en la creación son, al mismo tiempo que vibración escueta, señales llenas de sentido, estaciones alumbradoras de la conciencia. Darse cuenta de ello es asistir al fenómeno de la transmutación incesante, de una creación constante y recurrente. Las experiencias cromáticas que vivimos a diario, en su mayoría inconscientes o poco conscientes, conforman literalmente nuestra visión interior, colorean por así decirlo nuestra imaginación conceptual, componiendo un entorno formal favorable al conocimiento, a la comunicación y a la co-creatividad, soportando en gran medida los diversos lenguajes que utilizamos.

Notas
13. A modo de anécdota o de coincidencia, podemos reseñar que el maestro de Lefebure, Arthème Galip, obtuvo sus conocimientos en Irán, en un antiguo templo zoroastriano.
14. Un enteógeno es una sustancia, habitualmente de origen vegetal, que al ser ingerida provoca estados alterados de conciencia. Normalmente estos estados conllevan visiones intensas de luces coloreadas de una vividez superior a la visión ocular normal. La cultura moderna occidental también ha explorado estos mundos visionarios a través de sustancias enteógenas de síntesis como el ácido lisérgico (LSD), la dimetiltriptamina (DMT) y otras. Fue Albert Hoffman, químico suizo, quien sintetizó en 1938 la LSD, presente en el cornezuelo del centeno. El propio Hoffman hace remontar el uso de estas sustancias a la cultura griega, asegurándonos que se utilizaban habitualmente para la iniciación en los Misterios de Eleusis.

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28 octubre 2016Enlace permanente