julio 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

Como Cezánne, contemplando una y otra vez la montaña de Sainte Victoire, miro el cerro del castillo, que he dibujado, pintado y fotografiado cientos de veces, desde todos los ángulos, en todas las estaciones, como un mantra que me ancla al paisaje de todos los días, al paisaje que han visto mis ojos. No sé si al fin quedará algo de toda esa visión. A veces siento que ese paisaje ya no me dice nada, que ya me lo ha dicho todo, pero en el fondo sé que sólo es cansancio, tal vez de vivir…. No lo sé.

Aquí en Almodóvar el verano es árido, seco…, el pasto cruje bajo los pasos cansados de mi andar, ruido de los rastrojos quebradizos que no devuelven nada…, las miradas perdidas entre tantas preguntas.

Aquí estoy ahora, “sentado en el olvido” como los viejos maestros taoístas. Dulces son los movimientos de las ramas mecidas por la brisa, melancólicas hojas que a veces se desprenden avisándonos de la presencia de la muerte, “sentado en el olvido” sin pretensión ni deseo, sin nostalgia ni miedo, sin ninguna preocupación.

El paisaje me ofrece una despedida, como si todo el mundo me dijese adiós.

¡He amado tanto estos lugares! ¡He recorrido estas veredas durante tantos años! ¡He sentido tan míos estos paisajes!

Por eso surge la nostalgia cuando percibo su despedida. Aún quedan algunos rincones inexplorados, pocos, es verdad, pero ahí se guarda el sentimiento de lo sagrado, de lo no profanado por el hombre, de lo aún no contaminado… Yo saludo a esos lugares misteriosos que recorro en silencio algunas tardes, en medio de todas las estaciones, en medio del frío y del calor, de la lluvia y de los pastos secos.

16 Julio 2017Enlace permanente