Más allá de Rothko

 

 

 

 

 

 

 

 

26 de junio 2017

 Después de tantas tentativas, de tantas indagaciones en los procedimientos pictóricos y casi sin pretenderlo, me he acercado a Mark Rothko. Me he hecho bastantes preguntas sobre su situación final de callejón sin salida.

Estoy compartiendo un espacio místico, una estación homologable a la suya en ciertos aspectos. Su capilla es una prueba de la dimensión plenamente espiritual de su inenarrable pintura y de su vida.

Sin embargo, me he encontrado con él precisamente allí donde Rothko se encontró con el muro infranqueable. Él creaba veladuras con el aguarrás impregnando la tela con el color diluido pero no se enfrentaba a la tela con la pintura densa, consistente como yo llevo haciéndolo desde hace al menos quince años.

A mí me cuesta sellar los intersticios de la trama, penetrar en los espacios vacíos de la tela con el pigmento. Esa lucha, tantas veces dura e ingrata, se la ahorraba Rothko con el aguarrás… su método de cubrir toda la tela ya imprimada le hacía perder de vista la urdimbre de la Pintura y quizás fue ese su drama esencial, porque todos los pintores deseamos controlar el proceso de una forma u otra. Él prefirió tomar el atajo de cubrirlo todo, de dejar a un lado la lucha con la base del material. La gradación maravillosa y sutil se producía por disolución.

En mi caso, la transición entre los colores se produce con el pincel seco y duro, frotando con fuerza sobre la tela con casi ninguna carga de pintura, dejando a la vista la textura de la tela, de su trama material.

Yo no quiero ocultar la Pintura, su fondo necesario que es la tela, yo no utilizo imprimación, no consigo la transición del color por transparencia sobre una base de imprimación blanca o clara sino por la saturación del pigmento, apurando el medio, el aglutinante, hasta el límite de cohesión de las partículas…, yo no quiero representar nada.

Así nunca pierdo de vista la totalidad del proceso de la Pintura, su ser necesario y suficiente. Por esa razón siento que ahora estoy partiendo precisamente del lugar donde Rothko dejó la Pintura y la vida por imposibles, donde las perdió irremisiblemente.

Realmente estoy abriendo una pequeña puerta a la Pintura después de tantos años de ensayo.

Probablemente esta superación de Rothko me ha sido posible gracias, sobre todo, al minimalismo y a las pinturas monocromas, tal vez a las últimas obras de Barnett Newman, pues he pasado años trabajando con uno o, a lo sumo, con dos colores en dípticos monocromáticos.

Ahora, quince años después, cuando me encuentro en un mismo cuadro con más de dos colores es cuando me he acordado de Rothko, cuando he podido darme cuenta de que he ido más allá de su callejón sin salida. No es poca cosa, pero he tardado casi cincuenta años en llegar hasta aquí.

Rothko vivió las estaciones espirituales del color, los colores de su alma, pero en esa andadura perdió la Pintura, volvió sin pretenderlo al ingenuo naturalismo, autocomplaciente y referencial. Podría haberse quedado dentro de la capilla, rezando, meditando, tocando la Pintura con sus manos, pero el aguarrás se interpuso, como ocurre siempre que la Pintura se acaba. En el caso de la pintura acrílica es el agua la que acaba con la Pintura, la que la diluye hasta hacerla desparecer.

Puede ser que esta reflexión sea demasiado simplista, pero yo soy pintor y sé lo que se siente con un pincel en la mano frente a una tela cruda.

26 junio 2017Enlace permanente