Pinceladas

 

 

 

 

 

Hilvanada en la tarde se va trazando una escritura incierta que no conoce su origen, y cuyas primeras palabras no son sino la explicación de un comienzo, los primeros pasos de un itinerario inédito que las lleva al presente, que las sitúa en el rastro de una realidad que se nos escapa irremediablemente.

Entre esa imposible descripción de lo que acontece, en esa inefabilidad, mi personaje aflora sintiendo su pasado como una serie de imágenes, humanas, animales, paisajes, visiones e ideas hechas, que no han sido profundamente modificadas sino, al contrario, que se han ido mineralizando hasta apoderarse del momento, dejándonos sumidos en una irrealidad, en la inconsciencia.

Y así se perpetúa la irrealidad en la conciencia, velándome de ella, de mi verdadera realidad, una vez y otra, a lo largo de un tiempo lineal, falso también y engañador, hilvanándose en el tic tac silencioso e hipnótico de los relojes digitales.

Quizás sea así porque mi personaje pertenece a una generación muchas de cuyas señales se apagaron violentamente: Kennedy, Lennon, Ghandi, Arafat, Malcolm X, y no quiere ya seguir hurgando porque se siente siguiendo el rastro de la muerte y la desesperanza, haciendo, como Borges, un inventario de la infamia.

Sin embargo, ese destello lúcido, ese atisbo de realidad, no le ha llevado a ningún sitio, sólo ha sido un pretexto para apoderarse una vez más de la conciencia, para establecer esa dualidad que necesita para existir como personaje, como un ser humano con una biografía y una memoria.

Veo ahora con claridad que el actor no es nunca un actor real sino una  representación que lo actualiza, una performance que se oculta tras las apariencias y convenciones que rodean al personaje, en nuestro caso a un pintor que se había olvidado conscientemente del pincel, de las pinceladas, del momento en que tantas veces había penetrado en aquel recinto sagrado donde experimentaba ese clima inefable que le hacía vivir aquello que nace desplegándose como creación, como belleza y como realidad… Y ahora, mientras va trabando las pinceladas sobre el lino, se da cuenta de que acaba de cruzar nuevamente las lindes de este santuario.

Y en esa memoria pinta de nuevo, como siempre, como una experiencia tangible de lo inédito, como una visión y una experiencia de la creación, aunque ahora el cuadro sea muy diferente de aquellos que esa memoria le trae, a pesar de que el pintor ahora razona más sus obras y las aprisiona formalmente como recurso radical para poder vivir realmente la experiencia del color en el cuadro, en la naturaleza, y así advierte que esa naturaleza y ese cuadro, que son igualmente suyos, son la nítida proyección de su alma.

Así comprendo el sentido que para mí tienen la pintura y el hecho de pintar. Un medio elevado de autoindagación.

26 octubre 2017Enlace permanente

Arco 86

 

 

 

 

 

 

 

 

Mucha feria, quizás, exceso de feria, cruce de tendencias, lenguajes, hasta llegar a un silencio profano, con las intenciones guardadas, abierto a sensaciones que dejarán en alguna tela el rastro claro de un color.

Interesantes Tápies, Le Parc, Ortega mientras en algún otro lugar alguien estará paladeando las últimas adquisiciones, el brillo que la compra desvanece y los objetos que yacen, las almas que se duplican, proyectan y deshacen formando lenguajes.

No deberíamos fiarnos de quien no nos mira a los ojos, pues en los suyos tal vez acumula tantos hechos evitados que podrían ahogarnos con un glamour de signos, de historia y biología.

En los tiempos difíciles se van sedimentando, entre las agitadas olas del pensar, las arenas que modelan el sentir. La soledad personal y física nos va preparando para la comunicación, disolviendo nuestras barreras interiores. Ese derrumbe de los límites y la iniciación del diálogo con uno mismo establecen el ámbito de resonancia de aquello que no somos nosotros, de lo otro.

El ser ignorados, el pasar sin pena ni gloria junto al murmullo, tal vez sea lo que nos deja pensativos, preparados para un encuentro. Es el tiempo en que la conciencia podrá trascender en otra conciencia, no competitiva, más liberada de las condiciones impuestas por esta locura de tiempo, bello y efímero, más inapresable que nunca, que nos ha tocado vivir.

Es muy difícil, incluso paradójico, conciliar la creatividad con la naturaleza reactiva de unas sociedades que, para avanzar, precisan superar sus propias resistencias. La vida camina sin detenerse, o deteniéndose el tiempo justo para tomar aliento, venciendo las resistencias de lo establecido, de la norma, y esa parte del camino es la más ingrata.

Quien lo comprende y lo siente, quien vibra con lo que haces, es un muerto de hambre como tú mismo y no te dará de comer. Quien podría pagar tu búsqueda no se arriesga porque necesita la seguridad de que su dinero marcha hacia sitio seguro, hacia un valor de cambio, bancario, flexible, convertible.

Y así vamos buscando la grieta que nos permita cruzar los mundos sin desgarrarnos la camisa en las alambradas de la propiedad intelectual, que tiene tantas púas como las otras, místicas y de alambre, pero son aguijones aún más peligrosos pues rompen la intimidad emotiva del discurso cuando nuestra mente trata de moverse con libertad por los espacios interiores.

Nos expresamos pintando cuando, en ocasiones, hemos agotado ya tanto el silencio como las oraciones y las palabras que nos vinculan con lo otro.

No tenemos ya muchas excusas cuando, solos en el taller, no queremos correr el riesgo de embadurnar a una virgen blanca, negra o monocroma, de romper la monotonía de lo profano. Necesitamos, tal vez, otro cuerpo y lo construimos conformando un objeto u homúnculo. Como Prometeo tratamos de darle vida propia, rescatando del fuego de la nada, ungiendo con signos vitales lo que es nada y nace de la nada, a aquello que no late ni aún en apariencia. ¿Late el lienzo en blanco? ¿Late nuestro corazón cuando contempla la superficie inmaculada?

Arco es hoy una flagrante feria de ganado con aires internacionales y triunfales. Evidentemente se buscan contactos. El objetivo último no es vender sino contactar. Los dirigentes, aquellos cuya palabra mueve los destinos del mundo, son ajenos a ese otro mundo donde nace la obra de arte. Desde sus privilegiadas atalayas no pueden oír el crujido real que se desata en la planta baja.

Obras que en muchos casos expresan un claro compromiso con la expresión plástica son exhibidas como bellos objetos acabados en sí mismos, adscritos a stands y delimitados por las siglas del galerista. A pesar de ello, la vida humana se expresa y en algunos casos aún consigue provocar una cierta conmoción espiritual, casi siempre en obras cuya intención de sorprender no es tan manifiesta, obras en las que pintores y escultores no hicieron sino exponer su propia reflexión sin demasiadas presiones laterales, léanse críticos, galeristas, publicistas, aficionados y financieros, quienes, con sus opiniones y actitudes descontextualizadas, han modificado frecuentemente el decurso de la obra de arte.

Las “gentes de buen gusto”, aquellos que ostentan el juicio estético, tienen ya suficientemente afinados sus instrumentos de medición plástica, herramientas dignas, en muchos casos, de la imaginación caliente de un Max Ernst, pero que en sus manos no son ya sino escleróticos reproductores de carne y hueso que sólo admiten aquello que viene marcado con el sello de la tradición, aunque la tradición, en muchos casos, sea sólo un único y aislado antecedente.

La tradición son hoy los gritos dispersos de un expresionismo feísta que ni siquiera se atreve, en la mayoría de los casos, con planteamientos clara y abiertamente antiestéticos.

Puedo advertir un cierto código de valores en la presentación de la obra de arte en esta feria, una complicidad ante los valores negados, como si quisiera rescatarse la rota corriente de las vanguardias, ahora en una coyuntura imposible.

Codificar lo incodificable parece ser objetivo común en esta feria de ganado plástico.

(Madrid, abril 1986)

23 octubre 2017Enlace permanente

De la naturaleza y las culturas

 

 

 

 

 

 

La gran paradoja es la del hombre que persigue lo que ya tiene y olvida inevitablemente quién es. La vida es entonces un profundo olvido de lo verdadero, un caminar hacia la fragmentación de un yo inexistente que, aún sin realidad, se empeña en aferrarse a los objetos y a las ideas en una quimérica persecución de identidad.

La gran lección de oriente, del pensamiento que de allí nos llega, ha sido siempre el carácter irreal y dudoso que se atribuye a aquello que los sentidos nos muestran con la enorme resolución de un organismo milenariamente evolucionado dentro de una especie racional y concreta.

Pero nuestro artista es de una sangre distinta, la de aquellos que saben que lo humano, dentro de su importancia evolutiva, de su preponderancia en el contexto planetario y en el cosmos, no es sino una criatura más del bestiario de las edades, una muestra ‘cultural’, eso sí, pero precisamente esgrimiendo una cultura que no ha sido capaz de llevarlo a la cima de las genuinas capacidades de su espiritualidad.

En silencio, tarde tras tarde, observando el discurso de las estaciones, como místico desocupado, carente de la necesidad de producir obras, se sumerge en el más profundo de los misterios y siente la presencia íntima del Creador, ser intangible que sustenta todo lo existente, amigo del artista cuando éste se sienta a escuchar el olvido.

Es entonces cuando recibe el legado de lo secreto, la transmisión del inefable signo que lo formó deviniendo en obra, en criatura…

Y, en cambio, los otros, los artistas, estaban entretenidos mirando una y otra vez las obras de los hombres, las claves de los tiempos, el pensamiento de la época, escudriñando las rendijas donde poder colocar unos objetos que tuviesen al menos la cualidad de ser diferentes, inéditos, impactantes, novedosos… acción para unos, quietud para los otros. Danza entre el movimiento y el reposo, entre la vigilia y el sueño.

Soñar con la transformación de un espacio en la creación, añadir, quitar, como si fuese un juego, un juego en el que se dirimiesen las biografías de nuestros semejantes, alteradas en algún caso por un suave aleteo, por una sutil e invisible influencia.

(De la Naturaleza y las Culturas. 1992. Fragmento. La imagen se corresponde con obras de ese período)

17 octubre 2017Enlace permanente

Del ser de la Pintura

 

 

 

 

 

 

Es posible que nuestras percepciones estén cambiando debido a las nuevas costumbres digitales. Pudiera ser que nuestros ojos no puedan ya percibir los paisajes naturales ni las obras de arte sino sólo las imágenes digitalizadas. Si miro Las Meninas en el Museo del Prado sólo percibo una mancha borrosa y sin sentido, una serie de manchas dentro de un marco. Sin embargo, una reproducción en alta definición de esta misma obra, en una pantalla suficientemente grande puede ofrecerme la imagen de la obra original de manera completa y fidedigna. Antes se decía que “la función hace al órgano” Si fuese literalmente así nuestros ojos serán ahora digitales o no serán nada.

Serán los paisajes digitales los que compondrán las visiones futuras. Ahora, cuando miro al horizonte, siento como si las nubes se despidiesen de mí, como si todos esos paisajes me dijeran adiós. Puede ser que la vida que surge está siendo ya otra.

Releo la amarga confesión de Picasso del año 63 y compruebo su vigencia, más de medio siglo después:

“Cuando yo era joven, igual que todos los jóvenes, tuve la religión del arte, del gran arte; pero con el correr de los años me he dado cuenta de que el arte, tal y como se lo concebía hasta finales de 1800, está ya acabado, moribundo, condenado, y que la pretendida actividad artística, con todo su florecimiento, no es más que la manifestación multiforme de su agonía. Los hombres se apartan, se desinteresan cada vez más de la pintura, de la escultura, de la poesía; aparte de las apariencias contrarias, los hombres de hoy tienen puesto su corazón en otra cosa muy distinta: las máquinas, los descubrimientos científicos, la riqueza, el dominio de las fuerzas naturales, y de todos los territorios del mundo. Nosotros ya no sentimos el arte como una necesidad vital, una necesidad espiritual, como era el caso de los siglos pasados.

Muchos de entre nosotros siguen siendo artistas y ocupándose del arte por unas razones que tienen muy poco que ver con el verdadero arte, sino por espíritu de imitación, por nostalgia de la tradición, por inercia, por el gusto de la ostentación, del lujo, de la curiosidad intelectual, por moda o por cálculo. Viven todavía por costumbre y por esnobismo, en un reciente pasado, pero la gran mayoría de ellos, en todos los medios, no tienen ya una pasión sincera por el arte, al cual consideran, todo lo más, como una diversión, un ocio y ornamento.

Las nuevas generaciones, amantes de la mecánica y del deporte, más sinceras, más cínicas y brutales, irán dejando el arte, poco a poco, relegado a los museos y las bibliotecas, como una incomprensible e inútil reliquia del pasado. En el momento en que el arte ya no es alimento de los mejores, el artista puede exteriorizar su talento en toda clase de tentativas de nuevas fórmulas, en todos los caprichos y fantasías, en todos los expedientes de la charlatanería intelectual. El pueblo ya no busca ni consuelo ni exaltación en las artes. Y los refinados, los ricos, los ociosos, los destiladores de quintaesencias, buscan lo nuevo, lo extraordinario, lo original, lo extravagante, lo escandaloso. Por mi parte, desde el “cubismo” y más lejos aún, he contentado a esos señores y a esos críticos con las múltiples extravagancias que me han venido a la cabeza, y cuanto menos las han comprendido, más las han admirado. A fuerza de divertirme con todos esos juegos, con todas esas paparruchas, esos rompecabezas, acertijos y arabescos, me hice célebre rápidamente. Y la celebridad significa para un pintor: ventas, ganancias, fortuna, riqueza.

En la actualidad, como sabéis, soy célebre y muy rico. Pero cuando estoy a solas conmigo mismo, no tengo el valor de considerarme artista en el sentido grande y antiguo de la palabra.

Ha habido grandes pintores como Giotto, Tiziano, Rembrandt y Goya. Yo no soy más que un bufón público que ha comprendido su tiempo. La mía es una amarga confesión, más dolorosa de lo que pueda parecer, pero que tiene el mérito de ser sincera”.[1]

[1]. PICASSO, Pablo. Revista del´ Association Populaire des Amis de Musées, “Le Musée vivant” nº 17-18 París. 1963.

26 septiembre 2017Enlace permanente

Del ser de la Pintura

 

 

 

 

 

 

 

 

El siglo XX produjo muchas obras plásticas que no son pintura. El arte cinético, Julio Le Parc, el arte conceptual, Beuys, el op art y otras propuestas visuales que no son pintura en un sentido estricto.

Pero yo me pregunto ahora por la Pintura, tras todas esas opciones visuales legítimas de las últimas vanguardias y en plena emergencia del medio digital. Las posibilidades de este medio y de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación asociadas a él, son inmensas aunque aporten poco o nada a la Pintura y lo hagan, en todo caso, a la Historia del Arte…, pero mi pregunta, mi indagación quiere aclarar si aún es posible pintar con un sentido, si aún la Pintura puede aportar nuevas lecturas y continuar componiendo lenguajes dentro de su propio ámbito.

Realmente, las posibilidades estilísticas y conceptuales que se han desplegado a lo largo del siglo XX son innumerables y exhaustivas. Es verdad que la fotografía, el cine y el video han hecho realidad o, al menos, han facilitado una mimesis aceptable y una creación visual en muchos casos asombrosa. En el caso del cine, su desarrollo comercial ha tenido lugar, sobre todo, a expensas del teatro. Hoy, el teatro, con relación a la producción seriada de video digital está en la misma situación que la pintura con relación a las artes visuales digitales, séase la fotografía digital o la videoinstalación.

Observar un cuadro, convivir con él, parece ya cosa del pasado. Los propios materiales se ennoblecen, los pigmentos apuran su luminosidad y se acicalan para un espectador que a lo mejor ya no existe, porque las nuevas tecnologías están cambiando no sólo nuestros hábitos y maneras de pensar sino también nuestra forma de mirar y observar el mundo. ¿Podremos serenarnos ante un plano coloreado? ¿Será posible contemplar unas manchas de pintura sin distraernos con los signos digitales que nos inundan por todos lados?

30 agosto 2017Enlace permanente

julio 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

Como Cezánne, contemplando una y otra vez la montaña de Sainte Victoire, miro el cerro del castillo, que he dibujado, pintado y fotografiado cientos de veces, desde todos los ángulos, en todas las estaciones, como un mantra que me ancla al paisaje de todos los días, al paisaje que han visto mis ojos. No sé si al fin quedará algo de toda esa visión. A veces siento que ese paisaje ya no me dice nada, que ya me lo ha dicho todo, pero en el fondo sé que sólo es cansancio, tal vez de vivir…. No lo sé.

Aquí en Almodóvar el verano es árido, seco…, el pasto cruje bajo los pasos cansados de mi andar, ruido de los rastrojos quebradizos que no devuelven nada…, las miradas perdidas entre tantas preguntas.

Aquí estoy ahora, “sentado en el olvido” como los viejos maestros taoístas. Dulces son los movimientos de las ramas mecidas por la brisa, melancólicas hojas que a veces se desprenden avisándonos de la presencia de la muerte, “sentado en el olvido” sin pretensión ni deseo, sin nostalgia ni miedo, sin ninguna preocupación.

El paisaje me ofrece una despedida, como si todo el mundo me dijese adiós.

¡He amado tanto estos lugares! ¡He recorrido estas veredas durante tantos años! ¡He sentido tan míos estos paisajes!

Por eso surge la nostalgia cuando percibo su despedida. Aún quedan algunos rincones inexplorados, pocos, es verdad, pero ahí se guarda el sentimiento de lo sagrado, de lo no profanado por el hombre, de lo aún no contaminado… Yo saludo a esos lugares misteriosos que recorro en silencio algunas tardes, en medio de todas las estaciones, en medio del frío y del calor, de la lluvia y de los pastos secos.

16 julio 2017Enlace permanente

Carta a Jacinto Lara

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes”

Mi querido amigo y hermano: Han pasado ya cuarenta años desde aquel día en que nos encontramos a la vuelta de nuestra aventura italiana. Tú venías de Venecia y yo de Florencia, y estábamos llenos de ansias de descubrir los secretos del arte y de la vida. Desde aquel día yo he sabido que tú eres un artista y así mismo que tú sabes que yo también lo soy. No es poca cosa.

Hemos compartido una larga andadura en esa búsqueda que todo verdadero artista emprende en pos del conocimiento de sí mismo y del mundo.

Hace cuarenta años tú estabas lidiando con las figuras de la historia del arte, sobre todo con Vermeer, escudriñando los misterios de la anatomía y las sutilezas de las veladuras venecianas de Caravaggio. Yo me había embarcado en un apacible realismo mágico que se rompió en un violento expresionismo que me ayudó a completar felizmente mi psicoanálisis.

Dies años después, a mediados de los ochenta, nos enteramos de que la Modernidad agonizaba. Creo recordar que nos lo dijo José María Palencia. Trabajaste entonces con Juan Zafra en una magnífica serie, “De la desaparición de los Héroes”, enfocado sobre todo en la figura de Ícaro, que representa como ninguna otra esa situación de ‘fading’, de caída desvanecida, en este caso del pensamiento y de la cultura en general que entonces estaba aconteciendo, tras el minimalismo y las últimas vanguardias conceptuales. Ciertamente los últimos héroes estaban desapareciendo de la escena. Ícaro caía sin remedio con sus alas derretidas cuando buscaba el sol de la verdad mientras yo me enfrentaba entonces al pájaro herido de mi infancia, a la escena final de mi psicoanálisis, última figura que aparecería en mis cuadros.

La vida cotidiana de los seres humanos estaba siendo desposeída de la luz que le había sido consustancial mientras aquellos se habían sentido inmersos en el devenir de una Historia.

Algún tiempo después, cuando Francis Fukuyama proclamaba el final de esa misma Historia, comenzamos a darnos cuenta de que el proceso de pensamiento que se está generando en nuestra contemporaneidad no está ni mucho menos libre de intencionalidades oscuras. Una de ellas, tal vez por su evidencia, la de desposeer al ser humano de sus referencias conceptuales, de las apoyaturas que conforman nuestras visiones del mundo, favorece claramente los procesos de dominación e incrementa la performatividad del Sistema, única legitimación contemporánea de los saberes y de las actitudes que, como ya señalaran los padres del pensamiento posmoderno —Jean Françoise Lyotard, Jean Baudrillard— se levanta ahora como bandera incolora de una inevitable globalidad. El tiempo nos ha dado la razón con creces.

Desde entonces hemos compartido nuestros hallazgos y en eso no hemos sido los únicos. También Picasso y Braque lo hicieron, y Klee y Kandinsky, y nuestros amigos del Equipo 57. Van Gogh y Gauguin no lo lograron.

Ahora nos hallamos en el último tramo del viaje, recorriendo las estaciones definitivas. Hemos hablado de ello cuando ya la Pintura nos ha regalado casi todos sus secretos y nos hemos quedado a solas con ella como con una amante, disfrutando del hecho de pintar como nunca antes lo habíamos hecho, sin demasiadas preguntas ni ansiedades, sin objeto ni pretensión más allá de la propia Pintura.

El otro día me pediste que escribiese algo sobre tu obra ¿Qué podría decirte que no te haya dicho ya? Hemos bebido el uno del otro, hemos sido generosos con los secretos, y eso es un valor que tú y yo atesoramos y nuestras respectivas obras guardarán para siempre como un tesoro.

En los últimos años, cerca de Hisae Yanase, has buscado el gesto irrepetible como los buenos taoístas, sin renunciar al naturalismo, con un magistral dominio del color. Has buscado, como yo, el mismísimo Ser de la Pintura y nos hemos ayudado mutuamente a descubrir ese “Yo soy la Pintura” que le costó la vida a Jackson Pollock y a sobrevivir al callejón sin salida de los expresionistas abstractos norteamericanos. Quizás José Guerrero o nuestros amigos del Equipo nos han ayudado a ambos. No lo sé.

Nos quedan aún por recorrer los últimos linderos del vacío aunque estén plenos de color, vacío que ahora permea nuestras almas que tantas vidas han vivido, tantas uniones, tantos desencuentros, que tantas estaciones han cruzado…. Vacío que nos libró del miedo y del ansia de ser alguien. Ya sabemos que no somos quienes creíamos ser, que ni Jacinto ni Hâshim existen como tales, que sólo somos polvo de estrellas en medio de un cosmos inabarcable.

Aún así, todavía reconocemos que la Pintura, que el propio hecho de pintar sigue siendo un misterio…, no ya los trucos y secretos del taller, que se nos fueron revelando a medida que nuestras almas se abrían a la vida, a medida que sufríamos el roce con los otros, con el mundo y con la realidad.

Es verdad que hubo un tiempo en que nuestro quehacer tenía una función especialmente terapéutica, pero ambos, tú y yo, fuimos agraciados con aquella escena primaria que apareció un buen día sobre la superficie del cuadro borrando las figuras, respondiendo a la pregunta de ¿Quién soy yo? que nos había impulsado a pintar. A partir de ahí, el dolor, el roce y la fricción se convirtieron en gozo, en alegría.

Hace cuarenta, treinta años, necesitábamos pintar desesperadamente, librarnos de todos aquellos miedos y responder a todas aquellas preguntas. Ahora disfrutamos pintando y compartiendo una cierta maestría, amigo, hermano, ahora estamos encontrándonos, pues ¡Cuántas horas hemos pasado preguntándole compulsivamente al lienzo en blanco, al alma en blanco, entonces tan sola y desolada!

(La obra reproducida de Jacinto Lara se titula “Tribuna” 30 x 30 cm. Resinas acrílicas sobre lienzo. 2017.)

29 junio 2017Enlace permanente

Más allá de Rothko

 

 

 

 

 

 

 

 

26 de junio 2017

 Después de tantas tentativas, de tantas indagaciones en los procedimientos pictóricos y casi sin pretenderlo, me he acercado a Mark Rothko. Me he hecho bastantes preguntas sobre su situación final de callejón sin salida.

Estoy compartiendo un espacio místico, una estación homologable a la suya en ciertos aspectos. Su capilla es una prueba de la dimensión plenamente espiritual de su inenarrable pintura y de su vida.

Sin embargo, me he encontrado con él precisamente allí donde Rothko se encontró con el muro infranqueable. Él creaba veladuras con el aguarrás impregnando la tela con el color diluido pero no se enfrentaba a la tela con la pintura densa, consistente como yo llevo haciéndolo desde hace al menos quince años.

A mí me cuesta sellar los intersticios de la trama, penetrar en los espacios vacíos de la tela con el pigmento. Esa lucha, tantas veces dura e ingrata, se la ahorraba Rothko con el aguarrás… su método de cubrir toda la tela ya imprimada le hacía perder de vista la urdimbre de la Pintura y quizás fue ese su drama esencial, porque todos los pintores deseamos controlar el proceso de una forma u otra. Él prefirió tomar el atajo de cubrirlo todo, de dejar a un lado la lucha con la base del material. La gradación maravillosa y sutil se producía por disolución.

En mi caso, la transición entre los colores se produce con el pincel seco y duro, frotando con fuerza sobre la tela con casi ninguna carga de pintura, dejando a la vista la textura de la tela, de su trama material.

Yo no quiero ocultar la Pintura, su fondo necesario que es la tela, yo no utilizo imprimación, no consigo la transición del color por transparencia sobre una base de imprimación blanca o clara sino por la saturación del pigmento, apurando el medio, el aglutinante, hasta el límite de cohesión de las partículas…, yo no quiero representar nada.

Así nunca pierdo de vista la totalidad del proceso de la Pintura, su ser necesario y suficiente. Por esa razón siento que ahora estoy partiendo precisamente del lugar donde Rothko dejó la Pintura y la vida por imposibles, donde las perdió irremisiblemente.

Realmente estoy abriendo una pequeña puerta a la Pintura después de tantos años de ensayo.

Probablemente esta superación de Rothko me ha sido posible gracias, sobre todo, al minimalismo y a las pinturas monocromas, tal vez a las últimas obras de Barnett Newman, pues he pasado años trabajando con uno o, a lo sumo, con dos colores en dípticos monocromáticos.

Ahora, quince años después, cuando me encuentro en un mismo cuadro con más de dos colores es cuando me he acordado de Rothko, cuando he podido darme cuenta de que he ido más allá de su callejón sin salida. No es poca cosa, pero he tardado casi cincuenta años en llegar hasta aquí.

Rothko vivió las estaciones espirituales del color, los colores de su alma, pero en esa andadura perdió la Pintura, volvió sin pretenderlo al ingenuo naturalismo, autocomplaciente y referencial. Podría haberse quedado dentro de la capilla, rezando, meditando, tocando la Pintura con sus manos, pero el aguarrás se interpuso, como ocurre siempre que la Pintura se acaba. En el caso de la pintura acrílica es el agua la que acaba con la Pintura, la que la diluye hasta hacerla desparecer.

Puede ser que esta reflexión sea demasiado simplista, pero yo soy pintor y sé lo que se siente con un pincel en la mano frente a una tela cruda.

26 junio 2017Enlace permanente

Ishraq, los colores del alma. Metafísica de la luz y fenomenología del color

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“Y toda la belleza de variados colores que ha creado para vosotros en la tierra: ¡Ciertamente, en esto hay un mensaje para quienes están dispuestos a tomarlo en serio!”

(Qur’án, sura 16, aya 13)

La luz no es visible en sí misma si no es a través de su modulación cromática, de una diversidad de luces coloreadas ordenadas que la tornan legible y vivenciable para nosotros, articulándola, secuenciándola o inflexionándola en la diferencia, tornándola lenguaje. Estas inflexiones, roces y alteraciones —“gozos y sufrimientos” en la terminología de Goethe—dibujan en nuestra fisiología un rastro de huellas coloreadas, suscitándonos la conciencia de la diversidad y la sucesión, del devenir y el acontecer.

Sentimos inevitablemente una clara remembranza de la luz cuando percibimos el color porque no podemos dejar de sentirlo como una huella o vestigio del acontecer luminoso.
Sin la energía posibilitante de este devenir luminoso nos resulta imposible percibir o tan siquiera concebir el color, la diversidad de los mundos y de los fenómenos. Al contemplar los colores no hacemos sino seguir el rastro de esa luz anhelante que nos hace ver y que nos va construyendo y deconstruyendo material y energéticamente, trazando un itinerario entre las sombras. Por otra parte, el color es un fenómeno genuinamente animal y humano. Aunque el color tenga una existencia, independientemente de si está manifestado o no, sin ojo que procese las ondas luminosas no hay manifestación cromática, sólo vibración, energía.

Por todo ello, cualquier investigación holística sobre el color ha de tener necesariamente en cuenta diversos ámbitos: la relación entre luz y color, las leyes y cualidades físicas de los colores, el mundo de la fisiologia y la percepción visual, y diversos segmentos ya culturalizados, vividos y aquilatados en el mundo del alma, en el lugar donde el color eclosiona como lenguaje, como signo capaz de configurar o prefigurar visiones y lecturas coherentes de nuestro acontecer.

Transitamos entonces desde el estudio físico de la luz y de los colores, primario y fundacional, hacia el sustrato más complejo de su significación, hacia ese mundo cualitativo y conformador que las vibraciones luminosas suscitan en nuestro interior, en nuestro yo o alma, modelando así nuestra visión y, a través de ella, nuestra concepción de nosotros mismos y de los mundos que transitamos. Peregrinamos desde el análisis de los procesos físicos, de la percepción visual y de su química molecular, hacia el ámbito de la memoria cultural y espiritual, y lo hacemos a través del sustrato psicológico y emocional, de ese mundo sutil de la imaginación activa y creadora donde habitan las almas. Analizamos, evaluamos y experimentamos el color desde todos los puntos de vista posibles e imaginables y no terminamos de cerrar su vasto círculo, sugerido en un arco iris que aparece y desaparece cíclicamente en el cielo de nuestra visión.

En todos los niveles de manifestación que abarca la experiencia visual  aparece el color. Los colores sensibles, impresiones y expresiones psicobiológicas de nuestro devenir terrenal, hallan en el arco iris una fuente de sentido y significado, de orden y secuencialidad estructurales, como si esa sucesión nos revelase la urdimbre del fractal que construye nuestra visión; visión que no es sino una expresión particular, cualitativa, huella o signo de un orden luminoso en este universo humano y terrenal, de un lenguaje que se constituye, en nuestros ojos y en nuestras conciencias, como un inevitable claroscuro.

También con bastante frecuencia vivimos la experiencia de luz y color como sentimiento de la belleza del mundo, en una mirada aparentemente dirigida hacia el exterior, pero esta experiencia se sustenta sobre todo en la visión interior, en ese ámbito intermedio de la imaginación creadora que Henry Corbin ha denominado tan acertadamente como mundo imaginal. El color imaginal surge, tanto en el recuerdo o visualización interior del color percibido ocularmente, como en la experiencia visionaria de las luces coloreadas en estados alterados de conciencia o en estados meditativos. Esta confluencia nos sugiere la íntima conexión de los mundos y sus aconteceres, las estrechas relaciones existentes entre la mente conceptual y las percepciones, entre materia y energía.

fosfeno

Efectivamente, el color imaginal tiene una correspondencia fisiológica. Las experiencias guestálticas sobre percepción visual demuestran que los estímulos luminosos dejan una huella en nuestro organismo en forma de recuerdo fisiológico, una persistencia de la vibración luminosa en forma de luz coloreada o fosfeno. Si miramos fijamente durante unos segundos un objeto de un color rojo intenso y luego volvemos la mirada hacia otro lugar nos encontramos con la huella del objeto proyectando en nuestra visión la luz del color complementario, en este caso una luz verde, independientemente de que tengamos los ojos abiertos o cerrados. Algo similar nos ocurre al recordar el color, al recrearlo en nuestra imaginación. También el fenómeno de la sinestesia apunta a la existencia de estas modalidades sutiles de percepción cromática.

En la tradición occidental la primera mención moderna de esta fuente fisiológica del color la hallamos en la Farbenlehre de Goethe, aunque éste nos aclara que “sus manifestaciones se conocen desde tiempos remotos, pero como no se podía captar su fugacidad se los confinaba al reino de los fantasmas nocivos designándolos en este sentido con los nombres más diversos”.

En la segunda mitad del siglo XX, el fosfenismo ha sido investigado exhaustivamente por el doctor Francis Lefebure, quien ha desarrollado diversos métodos de estimulación cerebral por medio de la experiencia de las luces coloreadas que surgen en nuestra percepción a partir de la contemplación más o menos prolongada de una fuente luminosa. Estas investigaciones han sido la base de toda la tecnología de estimulación de ondas cerebrales mediante los dispositivos conocidos como megabrains13.

Lo más significativo de este método reside en el hecho de que, por primera vez, se establece una relación empíricamente comprobable entre los diversos ámbitos que integran el fenómeno de la visión, incluyendo el mundo del alma, mundo de la imaginación creadora, de la memoria y del recuerdo. La persistencia de las luces coloreadas en nuestro interior durante un período más o menos largo de tiempo determina una serie de reacciones fisiológicas que producen una intensa estimulación de las facultades cognitiva e imaginativa, además de determinadas funciones glandulares de producción hormonal.

Como hemos dicho anteriormente, también la Optometría, mediante las denominadas técnicas de fototerapia, se utiliza en nuestros días tanto como una potente herramienta de diagnóstico como para estimular la bioquímica del cerebro a través de la percepción visual. Además de corregir desequilibrios visuales, se ha constatado que la Fototerapia Optométrica mejora el estado anímico, el rendimiento general y el logro académico. La base de esta conexión entre la estimulación con luz coloreada y el equilibrio emocional o la potenciación del rendimiento intelectual, reside en la conexión de la visión con determinados centros cerebrales como el hipotálamo y la glándula pineal o epífisis, situada en el diencéfalo.

Estos centros glandulares influyen en el equilibrio bioeléctrico, químico y hormonal afectando a todas las funciones corporales. Cuando no hay luz, la epífisis produce melatonina a partir de la serotonina, una sustancia que regula los ciclos de sueño y vigilia y los denominados ritmos circadianos. Se investiga hoy si la serotonina podría ser responsable de producir los efectos visuales del sueño. Se encuentra también en la naturaleza en diferentes plantas usadas en la elaboración de ayahuasca, uno de los enteógenos14 más potentes que existen. Quizás por ello, Descartes, desde su visión dualista, estaba convencido de que la glándula pineal conectaba el cuerpo con el alma, y en los trabajos de los primeros  occidentales que investigaron los chakram o centros de energía de las tradiciones orientales, se identificaba a la glándula pineal con el “tercer ojo”, el chakra aina del hinduísmo.

Hemos de mencionar aquí que casi todas las culturas han utilizado las sustancias enteogénicas como un medio de acceder al mundo imaginal y a las fuentes imaginales del color. Son sustancias químicas que ya existen en el propio organismo y son producidas por las glándulas cerebrales al ser estimuladas por la luz, por el color derivado de ella o por otros factores aún no bien conocidos. Así, la dimetiltriptamina (DMT), que es uno de los principios activos contenidos en la ayahuasca, también se produce naturalmente en el cerebro humano. Algunos investigadores aseguran que esta sustancia se segrega de forma espontánea en las experiencias cercanas a la muerte y en ciertos estados místicos. La dietilamida del ácido lisérgico (LSD) está presente en el cornezuelo de centeno y la psilocibina en ciertas variedades de hongos. La mescalina se obtiene de algunas especies de cactus como el peyote o el San Pedro. Se trata de una fenetilamina relacionada estructuralmente con un neurotransmisor, la noradrenalina y con la hormona epinefrina. Tanto la mescalina como la psilocibina y el toloache han sido utilizadas tradicionalmente por los chamanes en rituales religiosos, entre las culturas indígenas americanas, como inductoras de una apertura psicoespiritual.

Las visiones que estas sustancias producen en nuestro interior se caracterizan por su intenso colorido y su vividez. Tras una experiencia enteogénica plena de luces coloreadas el ser humano suele regresar al mundo ordinario con su capacidad de percepción cromática acrecentada.

Entonces, si la luz está presente tanto en el mundo exterior que percibimos como en nuestro propio organismo ¿dónde surge el color, en qué rincón emerge? El mundo que vemos ¿está ahí fuera? ¿está dentro? ¿fuera o dentro de qué o de quién? ¿del cuerpo? ¿del yo? ¿Dónde está el límite, la frontera, entre lo interior y lo exterior? El color nos ayuda a vivir ese tránsito constante entre los mundos, a recordarnos, desde el ámbito fronterizo e imaginal, que hay una corriente de intercambio energético que no se detiene, que desborda los límites. La luz y el color están allí, ahí y aquí, nos hacen recordar argumentando nuestra visión, haciendo legible y comprensible nuestra experiencia del mundo, del acontecer, y nuestra propia naturaleza de claroscuro.

Todo ello nos lleva inevitablemente a reconocer que son muchos los ámbitos donde acontece el fenómeno del color pero también que, independientemente de dónde se produzca su brotación, podemos decir que el color es primariamente inflexión, información, señal, y que, como todo código de señales, el lenguaje cromático ha de comprender una lexicografía, una gramática, una sintaxis, una semiología y una hermenéutica. En el marco de las culturas occidentales modernas, los primeros ámbitos han suscitado más interés que los últimos, y, de éstos, el más relegado hasta hoy ha sido seguramente el ámbito hermenéutico, por la imposibilidad del pensamiento moderno más tardío de utilizar marcos interpretativos unitarios, un serio problema epistemológico del que hablábamos al comenzar este ensayo.

La hermenéutica, en este caso aplicada al color, requeriría de una actitud y una visión holísticas que trascendiesen el marco lógico y analítico de la física y la biología —e incluso el más aparentemente subjetivo de la psicología— como ciencias separadas e independientes, y se abriesen a una dimensión más insegura y vulnerable, a un ámbito de experiencia interdisciplinar donde pudiesen vislumbrarse, además de las diferencias y especificidades, los vínculos y señalamientos, las homologías y correspondencias. Esta actitud y esta visión más allá del análisis mecanicista han eclosionado en la contemporaneidad durante las dos últimas décadas, por lo que aquel olvido resulta aún comprensible. Hoy hablamos ya de Biofísica y de Biofotónica, como campos de investigación holística que tienen en cuenta los diversos aspectos del fenómeno lumínico/cromático.

La voluntad hermenéutica siempre aspira a alcanzar el manantial de los significados, ese ámbito polisémico donde entran en contacto los datos de nuestra experiencia sensible y el mundo abstracto de la lógica y de las ideas, mediante la visión imaginadora, la meditación y la experiencia conceptual más extrema. Quizás sea este el ámbito que pueda sernos de más utilidad a la hora de abordar un estudio unitario y holístico del color desde una perspectiva fenomenológica.

El recorrido y los aconteceres de la luz en la creación son, al mismo tiempo que vibración escueta, señales llenas de sentido, estaciones alumbradoras de la conciencia. Darse cuenta de ello es asistir al fenómeno de la transmutación incesante, de una creación constante y recurrente. Las experiencias cromáticas que vivimos a diario, en su mayoría inconscientes o poco conscientes, conforman literalmente nuestra visión interior, colorean por así decirlo nuestra imaginación conceptual, componiendo un entorno formal favorable al conocimiento, a la comunicación y a la co-creatividad, soportando en gran medida los diversos lenguajes que utilizamos.

Notas
13. A modo de anécdota o de coincidencia, podemos reseñar que el maestro de Lefebure, Arthème Galip, obtuvo sus conocimientos en Irán, en un antiguo templo zoroastriano.
14. Un enteógeno es una sustancia, habitualmente de origen vegetal, que al ser ingerida provoca estados alterados de conciencia. Normalmente estos estados conllevan visiones intensas de luces coloreadas de una vividez superior a la visión ocular normal. La cultura moderna occidental también ha explorado estos mundos visionarios a través de sustancias enteógenas de síntesis como el ácido lisérgico (LSD), la dimetiltriptamina (DMT) y otras. Fue Albert Hoffman, químico suizo, quien sintetizó en 1938 la LSD, presente en el cornezuelo del centeno. El propio Hoffman hace remontar el uso de estas sustancias a la cultura griega, asegurándonos que se utilizaban habitualmente para la iniciación en los Misterios de Eleusis.

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28 octubre 2016Enlace permanente

Ishraq, los colores del alma. Física de la luz y fisiología del color

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La radiación electromagnética del universo comprende un espectro vibratorio de una amplitud casi inimaginable 9: Rayos gamma, rayos X, luz ultravioleta, luz visible, luz infrarroja, microondas y ondas radiales. La radiación emitida por nuestro sol ocupa tan sólo una fracción mínima de todo ese espectro y comprende la luz ultravioleta, la luz visible y la luz infrarroja. La denominada luz visible es, por tanto, una parte casi insignificante de toda la radiación.

Las ondas más cortas —rayos gamma, rayos X y luz ultravioleta— tienen tanta cantidad de energía que pueden romper átomos y moléculas. Conocemos los perniciosos efectos de algunas frecuencias de luz ultravioleta en los seres vivos. Por el contrario, las ondas que son más largas que las de la luz visible no ejercen un efecto destructivo sobre la materia y los seres vivos porque su energía es mucho menor. Entre ambas frecuencias se sitúa la que denominamos luz visible 10, que se constituye en ingrediente conformador de la materia y de los seres vivos. Las frecuencias comprendidas en la luz visible contienen la llamada energía de umbral, una vibración que favorece y posibilita todas las reacciones y procesos químicos que soportan la vida.

La atmósfera terrestre sirve de filtro a las radiaciones solares y cósmicas, dejando pasar la luz visible, la infrarroja —el calor— y una porción de radiación ultravioleta que no es perjudicial sino necesaria para algunos procesos vitales, como la síntesis de la vitamina D en los animales y la fotosíntesis de los vegetales. Los cambios atmosféricos influyen en la composición de la radiación que llega hasta la biosfera que habitamos los seres humanos. El debilitamiento de la capa de ozono, por ejemplo, deja pasar una mayor cantidad de radiación ultravioleta, afectando a los seres vivos, a la salud y al equilibrio ecológico del planeta.

Pero no sólo el aire atmosférico sino también el agua sirve para modular y filtrar la radiación electromagnética. La luz visible es la única radiación capaz de atravesar el agua. La infrarroja, que ha podido atravesar el aire atmosférico liberando calor, sólo penetra unos cuantos milímetros en el agua. La luz roja penetra unos ocho metros, la amarilla alcanza hasta los cien y la luz verde desciende hasta más de doscientos cuarenta metros.

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La denominada luz visible también desencadena los procesos químicos necesarios para producir la visión en el ojo humano. Los fotones atraviesan el iris por su centro, por la pupila, y llegan hasta el interior del globo ocular, estimulando las células de la retina. En ellas existe una gran cantidad de moléculas de una sustancia llamada rodopsina, que se transforman y cambian con el impacto de los fotones. Esta reacción físico-química acaba generando una corriente bioeléctrica que llega hasta el cerebro a través del nervio óptico. Solamente la energía que se sitúa dentro de la llamada banda de luz visible puede generar —en inevitable tautología— la visión.

Hoy sabemos que la retina tiene dos tipos de células sensitivas a la luz, los conos y los bastones. Los bastones son células que permiten ver en la oscuridad, funcionan con baja intensidad de luz pero no registran el color. Los conos perciben el color, pero necesitan de un alto grado de iluminación para activarse. Tenemos tres tipos de conos que perciben el rojo, el verde y el azul. La estimulación de estos tres tipos de biosensores permite generar toda la gama RGB de objetos cromáticos en nuestra visión.

Desde un punto de vista perceptual, hay seis colores primarios dispuestos como pares opuestos a lo largo de tres ejes. Estos tres ejes encuentran su correspondencia con los tres canales de luces coloreadas que se obtienen al juntarse los estímulos de rojo, verde y azul —RGB— en las células de la retina: Uno es el canal de luminosidad, basado en la suma de los tres tipos de conos, que produce la percepción de la intensidad luminosa, del claroscuro (blanco-negro). Otro es el canal rojo-verde, que surge de la diferencia de excitación entre los conos sensibles al verde y los sensibles al rojo y un tercer canal amarillo-azul, que emerge de la diferencia entre conos sensibles al azul y la suma de la excitación de los conos sensibles al rojo y al verde.

Por otra parte, en la década de los ochenta del pasado siglo, el biofísico alemán Fritz Albert Popp demostró experimentalmente que todas las células de los organismos vivos emiten una luz coloreada muy débil. Esta luz, denominada luz biofotónica, es una radiación armónica que tiene la capacidad de comunicar las células entre sí. Células del mismo tipo producen fotones de la misma frecuencia que interfieren entre sí, creando canales de comunicación entre ellas por empatía o resonancia vibracional. Los fotones transmiten información sobre el cómo y el cuándo de determinadas reacciones químicas en el interior de las células. Las investigaciones de Popp concluyen en que la luz biofotónica se produce en la dinámica profunda de todos los procesos biológicos.

La ciencia contemporánea escapa así del paradigma mecanicista y entra en contacto con determinadas tradiciones holísticas, que se han expresado en términos análogos durante siglos. Los seres vivos no sólo son materia sino que emiten energía en forma de campos electromagnéticos, en este caso luces coloreadas, produciéndose una constante interacción entre ambos modos de manifestación. Todo lo que se manifiesta puede hacerlo al mismo tiempo como materia y como onda energética. Materia y energía son aspectos diferentes de una Única Realidad, de un campo unificado que no alcanzamos a conocer ni abarcar nunca del todo.

Con el descubrimiento de la biofotónica, la tensión onda-partícula, ya bien conocida por la física, ha alcanzado a la biología: Los seres vivos y, entre ellos, los seres humanos, somos al mismo tiempo materia y onda electromagnética. Estamos formados por células y sustancias químicas, pero en ellas surge un campo energético luminoso. Esta constatación implica un nuevo paradigma, holístico, no mecanicista, más abierto e inseguro, aplicable al conjunto de todos los seres vivos. Las aplicaciones terapeúticas de este principio comienzan a producir sus frutos. Existen ya métodos de fototerapia sintónica que utilizan las luces coloreadas de un prisma directamente sobre los ojos de los pacientes, afectando al funcionamiento glandular y normalizando la producción de hormonas. La luz coloreada restablece así el normal funcionamiento corporal, de una manera psicofísica, es decir, holística.

La luz que podemos percibir fisiológicamente mediante sus inflexiones cromáticas en nuestras retinas interacciona con nuestra propia luz biológica. Cabe entonces preguntarse si la naturaleza energética y luminosa de nuestros propios procesos vitales —biológicos, psicológicos, emocionales— percibida por la biofotónica de manera sutil pero inequívoca, puede ser esa misma frecuencia luminosa que se manifiesta en la experiencia meditativa de las luces coloreadas, en el mundo fronterizo del alma imaginadora, descritas por místicos y artistas.

Esta visión no mecanicista, holística, del acontecer luminoso y del fenómeno cromático constituye la base de la cromoterapia contemporánea, una ciencia que se mueve en el delicado terreno fronterizo entre la física, la neurofisiología y la psicología del color. Pero esta visión no es tan nueva e inédita. Casi todas las grandes culturas han utilizado el color para prevenir y tratar enfermedades o para inducir estados de conciencia. Los antiguos sanadores usaban objetos coloreados y los lugares donde realizaban sus tratamientos estaban también pintados de determinadas tonalidades.

En la Persia zoroastriana, cuna no casual del pensamiento auroral de los ishraquiyún, se practicaban terapias mediante cristales que eran usados como medio de producir diferentes luces coloreadas. Estos cromoterapeutas persas transmitieron más tarde la tradición ayurvédica a la India, un paradigma que está basado en el principio holístico de que cuerpo, mente y medio natural son aspectos de un mismo campo energético inteligente que lo envuelve y penetra todo, produciendo y sustentando la vida.
En nuestro tiempo, la fototerapia optométrica utiliza diferentes frecuencias lumínicas que actúan estimulando la bioquímica cerebral a través de la conexión nerviosa existente entre la retina y el hipotálamo. Básicamente esta ciencia, en primer lugar, evalúa la sensibilidad a los diferentes campos de color —RGB— en la retina de los pacientes siguiendo un itinerario determinado, normalmente verde-rojo-azul. El campo verde es el más reducido y el que tiene más sensibilidad a las condiciones lumínicas extremas. Medir las contracciones y expansiones de estos campos en la retina ofrece información sobre el estado vibracional de diferentes áreas y órganos del cuerpo.

Se considera aquí, además, que el color es un tipo de información energética que se registra a través de las emociones y los estados psicológicos. Así, una constricción o pérdida de sensibilidad a la luz verde indicaría, según el investigador Larry Wallace, que “una persona tenga dificultades en sus relaciones personales o familiares. Una pérdida de sensibilidad frente al verde también podría implicar emociones como amargura, pena, cólera, egocentrismo, soledad, y carencia de expresiones de perdón en el aspecto psicológico de la persona” 11.

El segundo campo de color es el rojo, que representa la integralidad sistémica del organismo. Las contracciones en el campo rojo indican congestión, sobre todo del sistema circulatorio. El campo rojo está estrechamente correlacionado con el campo simbólico. El campo azul es el último en ser trazado y es habitualmente el más grande.

Tradicionalmente el campo azul se lee como una expresión de la integridad energética del corazón y del sistema suprarrenal. Los campos azules representan la creatividad y se relacionan con sentimientos tales como seguridad/miedo o claridad de pensamiento y estados meditativos.

El reequilibrio de estas disfunciones que expresan los distintos campos de color retinianos se consigue mediante el uso directo de fuentes de luz coloreadas RGB que compensan las constricciones y desajustes de los tres campos básicos. La influencia lumínica sobre el organismo se produce por un efecto de resonancia entre los fotones de la luz exterior y el campo luminoso emitido por las células.

Incluso se ha podido verificar que “la radiación luminosa de las células próximas a morir se intensifica visiblemente, y que los procesos de reparación del ADN lesionado están relacionados con la fotorreparación o fotorreactivación, fenómeno experimentalmente establecido por el cual los daños genéticos de las células y las formaciones celulares —cualquiera que haya sido el modo en que se provocaron— se reparan prácticamente siempre en sólo unas horas cuando son irradiados por una débil radiación ultravioleta de una banda espectral particular” 12.

Notas
9. La longitud de onda más amplia puede tener varios kilómetros y es 1025 veces mayor que la más corta, que mide una billonésima de centímetro. La radiación más corta, los rayos gamma, es la más energética y rápida, mientras que las más largas y lentas se denominan ondas radiales. La luz visible se sitúa entre ambas.
10. Aceptamos y utilizamos aquí la denominación de luz visible aún a sabiendas de que se trata de una etiqueta errónea. No vemos la luz sino que es la luz lo que hace posible nuestra visión. Sería más correcto decir luz visibilizadora, pero este último término, paradójicamente, no existe en los diccionarios.
11. WALLACE, Larry, Color fields in Syntonics. O.D. Journal of Optometric Phototherapy, March 2002. Traducido por el autor.
12. Sánchez Mellado, Alejandro. La luz biofotónica o el fin del materialismo. Pliegos de opinión.
19 octubre 2016Enlace permanente