10 abril 1986. Madrid, Club Financiero Génova

 

 

 

 

 

 

 

 

Urbano en el sentido de humanidad convergente, de sueños construidos sobre un trozo de campo, cemento sobre piedra, vidrio envolvente sobre aire, asfalto sobre tierra. Espacio compartimentalizado donde cada compartimento nos devuelve la imagen —gran angular— del resto. Monstruo de muchas bocas y de muchas palabras, entidad que se ahoga y respira por las bocas de salida del metro.

Recuerdo los momentos que hicieron del niño un adulto. Es un error insistir en la acción que nos lleva al error. Me acuerdo de mis hijos. Recuerdo la sonrisa de Zahrá. Pienso que no debo nombrar lo profundo porque puedo desvirtuarlo.

Madrid es una criatura viva y enorme, que palpita y ofrece rostros innumerables. Más o menos grata, más o menos acogedora, pero vive y hace que sea casi imposible abstraerse de ella. Es una ciudad emergida del tiempo, como si hubiese necesitado incontables acuerdos para poder llegar a ser lo que hoy es.

Aún quería extraer ternura del cemento, ver una especie de carnalidad en el hormigón acristalado. Una verdadera barbaridad. Otra vez buscando a mi madre, otra vez el error. Si sólo el rostro femenino me devuelve la imagen de la belleza.

No sería aventurado pensar que esa aparente falta de estilo —en el sentido de cadencia histórico cultural, de formas escolásticas—  no sería sino el lenguaje que emplea la conciencia contemporánea para expresar el caos, un desorden sin directrices claras, sin valores absolutos, sin un marco interpretativo que asuma las contradicciones que se dan en su seno, no cuadrándolas ni analizándolas urgentemente ni numerándolas y, menos aún, silenciándolas.

Un ruido de fondo permanente, sordo, de maquinaria rodada, amortiguada. A veces suenan los chips del teléfono, a veces “buenos días”, “¿más tranquilo?”, pregunta la secretaria del director a alguno que acude y cuyo rostro sólo puedo adivinar. La secretaria cruza airada la sala de exposiciones hasta perderse en los laberintos mientras el solicitante silba y suena otra vez el chip y sigue la maquinaria: “El señor director dice que puede usted pasar a su despacho”: “¿Es usted el pintor? ¿Por qué no ha venido usted antes?”

2 noviembre 2017Enlace permanente

15 abril 1986

 

 

 

 

 

 

 

 

Comercio del ser, un comercio que aquí parece estar limitado y acotado por las formas sociales, por una liturgia o protocolo, constatando de nuevo que los contactos han de producirse con la condición previa de una cierta conductividad del material sujeto. El material sujeto del contacto ha de reconducir entonces la energía del significado, el potencial semántico, en primer lugar, mediante su capacidad perceptiva, sensible, y en segundo término, mediante la química cerebral que entra en juego, mediante todo aquello que pone en relación los datos almacenados, la información atesorada con esfuerzo.

Aquí, en esta feria, se cultivan las poses que la muchacha aprendió en la televisión y que ahora reproduce expresando, fuera de su contexto, toda la carga mitológica, alegórica, que encierra toda imagen en su intencionalidad, cuando se la despoja de los aditamentos.

La mujer que luce más que nunca el rictus que aprendió, en tantas idas y venidas de su cuerpo enmascarado, y que ha heredado como único valor cultural en el presente, en el mundo contemporáneo. La forma en que sus músculos faciales, tensos o relajados, exponen una actitud determinada por la Historia, por el sentido “de lo que vio”.

Erótica de la imagen plástica, mimetismo del espectador con lo percibido e interiorizado, coincidencia de la expresión facial con su etiqueta correspondiente.

Parece como si en esta feria no fuese posible reír o llorar, o gritar, sino sólo mostrar “dentro de un orden no tan amplio” la imagen del llanto, del grito o de la risa, sus huellas sensibles en el mundo del quehacer visual. Al mismo tiempo se abren paso otras formas de expresión, más interdisciplinares, con los nuevos soportes audiovisuales, que prometen romper con las fronteras sociopolíticas, con los límites del pensamiento que nos dividen interiormente y nos especializan y compartimentalizan aún a nuestro pesar.

Surge entonces el ansia de romper esas barreras, esas tradiciones formales que son los barrotes de la cárcel de nuestro cuerpo, conceptos también que nos reprimen y nos dejan en un ámbito de frialdad, de no-contacto, de sublimaciones sin solución de continuidad.

30 octubre 2017Enlace permanente

Pinceladas

 

 

 

 

 

Hilvanada en la tarde se va trazando una escritura incierta que no conoce su origen, y cuyas primeras palabras no son sino la explicación de un comienzo, los primeros pasos de un itinerario inédito que las lleva al presente, que las sitúa en el rastro de una realidad que se nos escapa irremediablemente.

Entre esa imposible descripción de lo que acontece, en esa inefabilidad, mi personaje aflora sintiendo su pasado como una serie de imágenes, humanas, animales, paisajes, visiones e ideas hechas, que no han sido profundamente modificadas sino, al contrario, que se han ido mineralizando hasta apoderarse del momento, dejándonos sumidos en una irrealidad, en la inconsciencia.

Y así se perpetúa la irrealidad en la conciencia, velándome de ella, de mi verdadera realidad, una vez y otra, a lo largo de un tiempo lineal, falso también y engañador, hilvanándose en el tic tac silencioso e hipnótico de los relojes digitales.

Quizás sea así porque mi personaje pertenece a una generación muchas de cuyas señales se apagaron violentamente: Kennedy, Lennon, Ghandi, Arafat, Malcolm X, y no quiere ya seguir hurgando porque se siente siguiendo el rastro de la muerte y la desesperanza, haciendo, como Borges, un inventario de la infamia.

Sin embargo, ese destello lúcido, ese atisbo de realidad, no le ha llevado a ningún sitio, sólo ha sido un pretexto para apoderarse una vez más de la conciencia, para establecer esa dualidad que necesita para existir como personaje, como un ser humano con una biografía y una memoria.

Veo ahora con claridad que el actor no es nunca un actor real sino una  representación que lo actualiza, una performance que se oculta tras las apariencias y convenciones que rodean al personaje, en nuestro caso a un pintor que se había olvidado conscientemente del pincel, de las pinceladas, del momento en que tantas veces había penetrado en aquel recinto sagrado donde experimentaba ese clima inefable que le hacía vivir aquello que nace desplegándose como creación, como belleza y como realidad… Y ahora, mientras va trabando las pinceladas sobre el lino, se da cuenta de que acaba de cruzar nuevamente las lindes de este santuario.

Y en esa memoria pinta de nuevo, como siempre, como una experiencia tangible de lo inédito, como una visión y una experiencia de la creación, aunque ahora el cuadro sea muy diferente de aquellos que esa memoria le trae, a pesar de que el pintor ahora razona más sus obras y las aprisiona formalmente como recurso radical para poder vivir realmente la experiencia del color en el cuadro, en la naturaleza, y así advierte que esa naturaleza y ese cuadro, que son igualmente suyos, son la nítida proyección de su alma.

Así comprendo el sentido que para mí tienen la pintura y el hecho de pintar. Un medio elevado de autoindagación.

26 octubre 2017Enlace permanente

Arco 86

 

 

 

 

 

 

 

 

Mucha feria, quizás, exceso de feria, cruce de tendencias, lenguajes, hasta llegar a un silencio profano, con las intenciones guardadas, abierto a sensaciones que dejarán en alguna tela el rastro claro de un color.

Interesantes Tápies, Le Parc, Ortega mientras en algún otro lugar alguien estará paladeando las últimas adquisiciones, el brillo que la compra desvanece y los objetos que yacen, las almas que se duplican, proyectan y deshacen formando lenguajes.

No deberíamos fiarnos de quien no nos mira a los ojos, pues en los suyos tal vez acumula tantos hechos evitados que podrían ahogarnos con un glamour de signos, de historia y biología.

En los tiempos difíciles se van sedimentando, entre las agitadas olas del pensar, las arenas que modelan el sentir. La soledad personal y física nos va preparando para la comunicación, disolviendo nuestras barreras interiores. Ese derrumbe de los límites y la iniciación del diálogo con uno mismo establecen el ámbito de resonancia de aquello que no somos nosotros, de lo otro.

El ser ignorados, el pasar sin pena ni gloria junto al murmullo, tal vez sea lo que nos deja pensativos, preparados para un encuentro. Es el tiempo en que la conciencia podrá trascender en otra conciencia, no competitiva, más liberada de las condiciones impuestas por esta locura de tiempo, bello y efímero, más inapresable que nunca, que nos ha tocado vivir.

Es muy difícil, incluso paradójico, conciliar la creatividad con la naturaleza reactiva de unas sociedades que, para avanzar, precisan superar sus propias resistencias. La vida camina sin detenerse, o deteniéndose el tiempo justo para tomar aliento, venciendo las resistencias de lo establecido, de la norma, y esa parte del camino es la más ingrata.

Quien lo comprende y lo siente, quien vibra con lo que haces, es un muerto de hambre como tú mismo y no te dará de comer. Quien podría pagar tu búsqueda no se arriesga porque necesita la seguridad de que su dinero marcha hacia sitio seguro, hacia un valor de cambio, bancario, flexible, convertible.

Y así vamos buscando la grieta que nos permita cruzar los mundos sin desgarrarnos la camisa en las alambradas de la propiedad intelectual, que tiene tantas púas como las otras, místicas y de alambre, pero son aguijones aún más peligrosos pues rompen la intimidad emotiva del discurso cuando nuestra mente trata de moverse con libertad por los espacios interiores.

Nos expresamos pintando cuando, en ocasiones, hemos agotado ya tanto el silencio como las oraciones y las palabras que nos vinculan con lo otro.

No tenemos ya muchas excusas cuando, solos en el taller, no queremos correr el riesgo de embadurnar a una virgen blanca, negra o monocroma, de romper la monotonía de lo profano. Necesitamos, tal vez, otro cuerpo y lo construimos conformando un objeto u homúnculo. Como Prometeo tratamos de darle vida propia, rescatando del fuego de la nada, ungiendo con signos vitales lo que es nada y nace de la nada, a aquello que no late ni aún en apariencia. ¿Late el lienzo en blanco? ¿Late nuestro corazón cuando contempla la superficie inmaculada?

Arco es hoy una flagrante feria de ganado con aires internacionales y triunfales. Evidentemente se buscan contactos. El objetivo último no es vender sino contactar. Los dirigentes, aquellos cuya palabra mueve los destinos del mundo, son ajenos a ese otro mundo donde nace la obra de arte. Desde sus privilegiadas atalayas no pueden oír el crujido real que se desata en la planta baja.

Obras que en muchos casos expresan un claro compromiso con la expresión plástica son exhibidas como bellos objetos acabados en sí mismos, adscritos a stands y delimitados por las siglas del galerista. A pesar de ello, la vida humana se expresa y en algunos casos aún consigue provocar una cierta conmoción espiritual, casi siempre en obras cuya intención de sorprender no es tan manifiesta, obras en las que pintores y escultores no hicieron sino exponer su propia reflexión sin demasiadas presiones laterales, léanse críticos, galeristas, publicistas, aficionados y financieros, quienes, con sus opiniones y actitudes descontextualizadas, han modificado frecuentemente el decurso de la obra de arte.

Las “gentes de buen gusto”, aquellos que ostentan el juicio estético, tienen ya suficientemente afinados sus instrumentos de medición plástica, herramientas dignas, en muchos casos, de la imaginación caliente de un Max Ernst, pero que en sus manos no son ya sino escleróticos reproductores de carne y hueso que sólo admiten aquello que viene marcado con el sello de la tradición, aunque la tradición, en muchos casos, sea sólo un único y aislado antecedente.

La tradición son hoy los gritos dispersos de un expresionismo feísta que ni siquiera se atreve, en la mayoría de los casos, con planteamientos clara y abiertamente antiestéticos.

Puedo advertir un cierto código de valores en la presentación de la obra de arte en esta feria, una complicidad ante los valores negados, como si quisiera rescatarse la rota corriente de las vanguardias, ahora en una coyuntura imposible.

Codificar lo incodificable parece ser objetivo común en esta feria de ganado plástico.

(Madrid, abril 1986)

23 octubre 2017Enlace permanente

De la naturaleza y las culturas

 

 

 

 

 

 

La gran paradoja es la del hombre que persigue lo que ya tiene y olvida inevitablemente quién es. La vida es entonces un profundo olvido de lo verdadero, un caminar hacia la fragmentación de un yo inexistente que, aún sin realidad, se empeña en aferrarse a los objetos y a las ideas en una quimérica persecución de identidad.

La gran lección de oriente, del pensamiento que de allí nos llega, ha sido siempre el carácter irreal y dudoso que se atribuye a aquello que los sentidos nos muestran con la enorme resolución de un organismo milenariamente evolucionado dentro de una especie racional y concreta.

Pero nuestro artista es de una sangre distinta, la de aquellos que saben que lo humano, dentro de su importancia evolutiva, de su preponderancia en el contexto planetario y en el cosmos, no es sino una criatura más del bestiario de las edades, una muestra ‘cultural’, eso sí, pero precisamente esgrimiendo una cultura que no ha sido capaz de llevarlo a la cima de las genuinas capacidades de su espiritualidad.

En silencio, tarde tras tarde, observando el discurso de las estaciones, como místico desocupado, carente de la necesidad de producir obras, se sumerge en el más profundo de los misterios y siente la presencia íntima del Creador, ser intangible que sustenta todo lo existente, amigo del artista cuando éste se sienta a escuchar el olvido.

Es entonces cuando recibe el legado de lo secreto, la transmisión del inefable signo que lo formó deviniendo en obra, en criatura…

Y, en cambio, los otros, los artistas, estaban entretenidos mirando una y otra vez las obras de los hombres, las claves de los tiempos, el pensamiento de la época, escudriñando las rendijas donde poder colocar unos objetos que tuviesen al menos la cualidad de ser diferentes, inéditos, impactantes, novedosos… acción para unos, quietud para los otros. Danza entre el movimiento y el reposo, entre la vigilia y el sueño.

Soñar con la transformación de un espacio en la creación, añadir, quitar, como si fuese un juego, un juego en el que se dirimiesen las biografías de nuestros semejantes, alteradas en algún caso por un suave aleteo, por una sutil e invisible influencia.

(De la Naturaleza y las Culturas. 1992. Fragmento. La imagen se corresponde con obras de ese período)

17 octubre 2017Enlace permanente

Del ser de la Pintura

 

 

 

 

 

 

Es posible que nuestras percepciones estén cambiando debido a las nuevas costumbres digitales. Pudiera ser que nuestros ojos no puedan ya percibir los paisajes naturales ni las obras de arte sino sólo las imágenes digitalizadas. Si miro Las Meninas en el Museo del Prado sólo percibo una mancha borrosa y sin sentido, una serie de manchas dentro de un marco. Sin embargo, una reproducción en alta definición de esta misma obra, en una pantalla suficientemente grande puede ofrecerme la imagen de la obra original de manera completa y fidedigna. Antes se decía que “la función hace al órgano” Si fuese literalmente así nuestros ojos serán ahora digitales o no serán nada.

Serán los paisajes digitales los que compondrán las visiones futuras. Ahora, cuando miro al horizonte, siento como si las nubes se despidiesen de mí, como si todos esos paisajes me dijeran adiós. Puede ser que la vida que surge está siendo ya otra.

Releo la amarga confesión de Picasso del año 63 y compruebo su vigencia, más de medio siglo después:

“Cuando yo era joven, igual que todos los jóvenes, tuve la religión del arte, del gran arte; pero con el correr de los años me he dado cuenta de que el arte, tal y como se lo concebía hasta finales de 1800, está ya acabado, moribundo, condenado, y que la pretendida actividad artística, con todo su florecimiento, no es más que la manifestación multiforme de su agonía. Los hombres se apartan, se desinteresan cada vez más de la pintura, de la escultura, de la poesía; aparte de las apariencias contrarias, los hombres de hoy tienen puesto su corazón en otra cosa muy distinta: las máquinas, los descubrimientos científicos, la riqueza, el dominio de las fuerzas naturales, y de todos los territorios del mundo. Nosotros ya no sentimos el arte como una necesidad vital, una necesidad espiritual, como era el caso de los siglos pasados.

Muchos de entre nosotros siguen siendo artistas y ocupándose del arte por unas razones que tienen muy poco que ver con el verdadero arte, sino por espíritu de imitación, por nostalgia de la tradición, por inercia, por el gusto de la ostentación, del lujo, de la curiosidad intelectual, por moda o por cálculo. Viven todavía por costumbre y por esnobismo, en un reciente pasado, pero la gran mayoría de ellos, en todos los medios, no tienen ya una pasión sincera por el arte, al cual consideran, todo lo más, como una diversión, un ocio y ornamento.

Las nuevas generaciones, amantes de la mecánica y del deporte, más sinceras, más cínicas y brutales, irán dejando el arte, poco a poco, relegado a los museos y las bibliotecas, como una incomprensible e inútil reliquia del pasado. En el momento en que el arte ya no es alimento de los mejores, el artista puede exteriorizar su talento en toda clase de tentativas de nuevas fórmulas, en todos los caprichos y fantasías, en todos los expedientes de la charlatanería intelectual. El pueblo ya no busca ni consuelo ni exaltación en las artes. Y los refinados, los ricos, los ociosos, los destiladores de quintaesencias, buscan lo nuevo, lo extraordinario, lo original, lo extravagante, lo escandaloso. Por mi parte, desde el “cubismo” y más lejos aún, he contentado a esos señores y a esos críticos con las múltiples extravagancias que me han venido a la cabeza, y cuanto menos las han comprendido, más las han admirado. A fuerza de divertirme con todos esos juegos, con todas esas paparruchas, esos rompecabezas, acertijos y arabescos, me hice célebre rápidamente. Y la celebridad significa para un pintor: ventas, ganancias, fortuna, riqueza.

En la actualidad, como sabéis, soy célebre y muy rico. Pero cuando estoy a solas conmigo mismo, no tengo el valor de considerarme artista en el sentido grande y antiguo de la palabra.

Ha habido grandes pintores como Giotto, Tiziano, Rembrandt y Goya. Yo no soy más que un bufón público que ha comprendido su tiempo. La mía es una amarga confesión, más dolorosa de lo que pueda parecer, pero que tiene el mérito de ser sincera”.[1]

[1]. PICASSO, Pablo. Revista del´ Association Populaire des Amis de Musées, “Le Musée vivant” nº 17-18 París. 1963.

26 septiembre 2017Enlace permanente

Del ser de la Pintura

 

 

 

 

 

 

 

 

El siglo XX produjo muchas obras plásticas que no son pintura. El arte cinético, Julio Le Parc, el arte conceptual, Beuys, el op art y otras propuestas visuales que no son pintura en un sentido estricto.

Pero yo me pregunto ahora por la Pintura, tras todas esas opciones visuales legítimas de las últimas vanguardias y en plena emergencia del medio digital. Las posibilidades de este medio y de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación asociadas a él, son inmensas aunque aporten poco o nada a la Pintura y lo hagan, en todo caso, a la Historia del Arte…, pero mi pregunta, mi indagación quiere aclarar si aún es posible pintar con un sentido, si aún la Pintura puede aportar nuevas lecturas y continuar componiendo lenguajes dentro de su propio ámbito.

Realmente, las posibilidades estilísticas y conceptuales que se han desplegado a lo largo del siglo XX son innumerables y exhaustivas. Es verdad que la fotografía, el cine y el video han hecho realidad o, al menos, han facilitado una mimesis aceptable y una creación visual en muchos casos asombrosa. En el caso del cine, su desarrollo comercial ha tenido lugar, sobre todo, a expensas del teatro. Hoy, el teatro, con relación a la producción seriada de video digital está en la misma situación que la pintura con relación a las artes visuales digitales, séase la fotografía digital o la videoinstalación.

Observar un cuadro, convivir con él, parece ya cosa del pasado. Los propios materiales se ennoblecen, los pigmentos apuran su luminosidad y se acicalan para un espectador que a lo mejor ya no existe, porque las nuevas tecnologías están cambiando no sólo nuestros hábitos y maneras de pensar sino también nuestra forma de mirar y observar el mundo. ¿Podremos serenarnos ante un plano coloreado? ¿Será posible contemplar unas manchas de pintura sin distraernos con los signos digitales que nos inundan por todos lados?

30 agosto 2017Enlace permanente

julio 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

Como Cezánne, contemplando una y otra vez la montaña de Sainte Victoire, miro el cerro del castillo, que he dibujado, pintado y fotografiado cientos de veces, desde todos los ángulos, en todas las estaciones, como un mantra que me ancla al paisaje de todos los días, al paisaje que han visto mis ojos. No sé si al fin quedará algo de toda esa visión. A veces siento que ese paisaje ya no me dice nada, que ya me lo ha dicho todo, pero en el fondo sé que sólo es cansancio, tal vez de vivir…. No lo sé.

Aquí en Almodóvar el verano es árido, seco…, el pasto cruje bajo los pasos cansados de mi andar, ruido de los rastrojos quebradizos que no devuelven nada…, las miradas perdidas entre tantas preguntas.

Aquí estoy ahora, “sentado en el olvido” como los viejos maestros taoístas. Dulces son los movimientos de las ramas mecidas por la brisa, melancólicas hojas que a veces se desprenden avisándonos de la presencia de la muerte, “sentado en el olvido” sin pretensión ni deseo, sin nostalgia ni miedo, sin ninguna preocupación.

El paisaje me ofrece una despedida, como si todo el mundo me dijese adiós.

¡He amado tanto estos lugares! ¡He recorrido estas veredas durante tantos años! ¡He sentido tan míos estos paisajes!

Por eso surge la nostalgia cuando percibo su despedida. Aún quedan algunos rincones inexplorados, pocos, es verdad, pero ahí se guarda el sentimiento de lo sagrado, de lo no profanado por el hombre, de lo aún no contaminado… Yo saludo a esos lugares misteriosos que recorro en silencio algunas tardes, en medio de todas las estaciones, en medio del frío y del calor, de la lluvia y de los pastos secos.

16 julio 2017Enlace permanente

Carta a Jacinto Lara

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes”

Mi querido amigo y hermano: Han pasado ya cuarenta años desde aquel día en que nos encontramos a la vuelta de nuestra aventura italiana. Tú venías de Venecia y yo de Florencia, y estábamos llenos de ansias de descubrir los secretos del arte y de la vida. Desde aquel día yo he sabido que tú eres un artista y así mismo que tú sabes que yo también lo soy. No es poca cosa.

Hemos compartido una larga andadura en esa búsqueda que todo verdadero artista emprende en pos del conocimiento de sí mismo y del mundo.

Hace cuarenta años tú estabas lidiando con las figuras de la historia del arte, sobre todo con Vermeer, escudriñando los misterios de la anatomía y las sutilezas de las veladuras venecianas de Caravaggio. Yo me había embarcado en un apacible realismo mágico que se rompió en un violento expresionismo que me ayudó a completar felizmente mi psicoanálisis.

Dies años después, a mediados de los ochenta, nos enteramos de que la Modernidad agonizaba. Creo recordar que nos lo dijo José María Palencia. Trabajaste entonces con Juan Zafra en una magnífica serie, “De la desaparición de los Héroes”, enfocado sobre todo en la figura de Ícaro, que representa como ninguna otra esa situación de ‘fading’, de caída desvanecida, en este caso del pensamiento y de la cultura en general que entonces estaba aconteciendo, tras el minimalismo y las últimas vanguardias conceptuales. Ciertamente los últimos héroes estaban desapareciendo de la escena. Ícaro caía sin remedio con sus alas derretidas cuando buscaba el sol de la verdad mientras yo me enfrentaba entonces al pájaro herido de mi infancia, a la escena final de mi psicoanálisis, última figura que aparecería en mis cuadros.

La vida cotidiana de los seres humanos estaba siendo desposeída de la luz que le había sido consustancial mientras aquellos se habían sentido inmersos en el devenir de una Historia.

Algún tiempo después, cuando Francis Fukuyama proclamaba el final de esa misma Historia, comenzamos a darnos cuenta de que el proceso de pensamiento que se está generando en nuestra contemporaneidad no está ni mucho menos libre de intencionalidades oscuras. Una de ellas, tal vez por su evidencia, la de desposeer al ser humano de sus referencias conceptuales, de las apoyaturas que conforman nuestras visiones del mundo, favorece claramente los procesos de dominación e incrementa la performatividad del Sistema, única legitimación contemporánea de los saberes y de las actitudes que, como ya señalaran los padres del pensamiento posmoderno —Jean Françoise Lyotard, Jean Baudrillard— se levanta ahora como bandera incolora de una inevitable globalidad. El tiempo nos ha dado la razón con creces.

Desde entonces hemos compartido nuestros hallazgos y en eso no hemos sido los únicos. También Picasso y Braque lo hicieron, y Klee y Kandinsky, y nuestros amigos del Equipo 57. Van Gogh y Gauguin no lo lograron.

Ahora nos hallamos en el último tramo del viaje, recorriendo las estaciones definitivas. Hemos hablado de ello cuando ya la Pintura nos ha regalado casi todos sus secretos y nos hemos quedado a solas con ella como con una amante, disfrutando del hecho de pintar como nunca antes lo habíamos hecho, sin demasiadas preguntas ni ansiedades, sin objeto ni pretensión más allá de la propia Pintura.

El otro día me pediste que escribiese algo sobre tu obra ¿Qué podría decirte que no te haya dicho ya? Hemos bebido el uno del otro, hemos sido generosos con los secretos, y eso es un valor que tú y yo atesoramos y nuestras respectivas obras guardarán para siempre como un tesoro.

En los últimos años, cerca de Hisae Yanase, has buscado el gesto irrepetible como los buenos taoístas, sin renunciar al naturalismo, con un magistral dominio del color. Has buscado, como yo, el mismísimo Ser de la Pintura y nos hemos ayudado mutuamente a descubrir ese “Yo soy la Pintura” que le costó la vida a Jackson Pollock y a sobrevivir al callejón sin salida de los expresionistas abstractos norteamericanos. Quizás José Guerrero o nuestros amigos del Equipo nos han ayudado a ambos. No lo sé.

Nos quedan aún por recorrer los últimos linderos del vacío aunque estén plenos de color, vacío que ahora permea nuestras almas que tantas vidas han vivido, tantas uniones, tantos desencuentros, que tantas estaciones han cruzado…. Vacío que nos libró del miedo y del ansia de ser alguien. Ya sabemos que no somos quienes creíamos ser, que ni Jacinto ni Hâshim existen como tales, que sólo somos polvo de estrellas en medio de un cosmos inabarcable.

Aún así, todavía reconocemos que la Pintura, que el propio hecho de pintar sigue siendo un misterio…, no ya los trucos y secretos del taller, que se nos fueron revelando a medida que nuestras almas se abrían a la vida, a medida que sufríamos el roce con los otros, con el mundo y con la realidad.

Es verdad que hubo un tiempo en que nuestro quehacer tenía una función especialmente terapéutica, pero ambos, tú y yo, fuimos agraciados con aquella escena primaria que apareció un buen día sobre la superficie del cuadro borrando las figuras, respondiendo a la pregunta de ¿Quién soy yo? que nos había impulsado a pintar. A partir de ahí, el dolor, el roce y la fricción se convirtieron en gozo, en alegría.

Hace cuarenta, treinta años, necesitábamos pintar desesperadamente, librarnos de todos aquellos miedos y responder a todas aquellas preguntas. Ahora disfrutamos pintando y compartiendo una cierta maestría, amigo, hermano, ahora estamos encontrándonos, pues ¡Cuántas horas hemos pasado preguntándole compulsivamente al lienzo en blanco, al alma en blanco, entonces tan sola y desolada!

(La obra reproducida de Jacinto Lara se titula “Tribuna” 30 x 30 cm. Resinas acrílicas sobre lienzo. 2017.)

29 junio 2017Enlace permanente

Más allá de Rothko

 

 

 

 

 

 

 

 

26 de junio 2017

 Después de tantas tentativas, de tantas indagaciones en los procedimientos pictóricos y casi sin pretenderlo, me he acercado a Mark Rothko. Me he hecho bastantes preguntas sobre su situación final de callejón sin salida.

Estoy compartiendo un espacio místico, una estación homologable a la suya en ciertos aspectos. Su capilla es una prueba de la dimensión plenamente espiritual de su inenarrable pintura y de su vida.

Sin embargo, me he encontrado con él precisamente allí donde Rothko se encontró con el muro infranqueable. Él creaba veladuras con el aguarrás impregnando la tela con el color diluido pero no se enfrentaba a la tela con la pintura densa, consistente como yo llevo haciéndolo desde hace al menos quince años.

A mí me cuesta sellar los intersticios de la trama, penetrar en los espacios vacíos de la tela con el pigmento. Esa lucha, tantas veces dura e ingrata, se la ahorraba Rothko con el aguarrás… su método de cubrir toda la tela ya imprimada le hacía perder de vista la urdimbre de la Pintura y quizás fue ese su drama esencial, porque todos los pintores deseamos controlar el proceso de una forma u otra. Él prefirió tomar el atajo de cubrirlo todo, de dejar a un lado la lucha con la base del material. La gradación maravillosa y sutil se producía por disolución.

En mi caso, la transición entre los colores se produce con el pincel seco y duro, frotando con fuerza sobre la tela con casi ninguna carga de pintura, dejando a la vista la textura de la tela, de su trama material.

Yo no quiero ocultar la Pintura, su fondo necesario que es la tela, yo no utilizo imprimación, no consigo la transición del color por transparencia sobre una base de imprimación blanca o clara sino por la saturación del pigmento, apurando el medio, el aglutinante, hasta el límite de cohesión de las partículas…, yo no quiero representar nada.

Así nunca pierdo de vista la totalidad del proceso de la Pintura, su ser necesario y suficiente. Por esa razón siento que ahora estoy partiendo precisamente del lugar donde Rothko dejó la Pintura y la vida por imposibles, donde las perdió irremisiblemente.

Realmente estoy abriendo una pequeña puerta a la Pintura después de tantos años de ensayo.

Probablemente esta superación de Rothko me ha sido posible gracias, sobre todo, al minimalismo y a las pinturas monocromas, tal vez a las últimas obras de Barnett Newman, pues he pasado años trabajando con uno o, a lo sumo, con dos colores en dípticos monocromáticos.

Ahora, quince años después, cuando me encuentro en un mismo cuadro con más de dos colores es cuando me he acordado de Rothko, cuando he podido darme cuenta de que he ido más allá de su callejón sin salida. No es poca cosa, pero he tardado casi cincuenta años en llegar hasta aquí.

Rothko vivió las estaciones espirituales del color, los colores de su alma, pero en esa andadura perdió la Pintura, volvió sin pretenderlo al ingenuo naturalismo, autocomplaciente y referencial. Podría haberse quedado dentro de la capilla, rezando, meditando, tocando la Pintura con sus manos, pero el aguarrás se interpuso, como ocurre siempre que la Pintura se acaba. En el caso de la pintura acrílica es el agua la que acaba con la Pintura, la que la diluye hasta hacerla desparecer.

Puede ser que esta reflexión sea demasiado simplista, pero yo soy pintor y sé lo que se siente con un pincel en la mano frente a una tela cruda.

26 junio 2017Enlace permanente