Pinceladas

 

 

 

 

 

Hilvanada en la tarde se va trazando una escritura incierta que no conoce su origen, y cuyas primeras palabras no son sino la explicación de un comienzo, los primeros pasos de un itinerario inédito que las lleva al presente, que las sitúa en el rastro de una realidad que se nos escapa irremediablemente.

Entre esa imposible descripción de lo que acontece, en esa inefabilidad, mi personaje aflora sintiendo su pasado como una serie de imágenes, humanas, animales, paisajes, visiones e ideas hechas, que no han sido profundamente modificadas sino, al contrario, que se han ido mineralizando hasta apoderarse del momento, dejándonos sumidos en una irrealidad, en la inconsciencia.

Y así se perpetúa la irrealidad en la conciencia, velándome de ella, de mi verdadera realidad, una vez y otra, a lo largo de un tiempo lineal, falso también y engañador, hilvanándose en el tic tac silencioso e hipnótico de los relojes digitales.

Quizás sea así porque mi personaje pertenece a una generación muchas de cuyas señales se apagaron violentamente: Kennedy, Lennon, Ghandi, Arafat, Malcolm X, y no quiere ya seguir hurgando porque se siente siguiendo el rastro de la muerte y la desesperanza, haciendo, como Borges, un inventario de la infamia.

Sin embargo, ese destello lúcido, ese atisbo de realidad, no le ha llevado a ningún sitio, sólo ha sido un pretexto para apoderarse una vez más de la conciencia, para establecer esa dualidad que necesita para existir como personaje, como un ser humano con una biografía y una memoria.

Veo ahora con claridad que el actor no es nunca un actor real sino una  representación que lo actualiza, una performance que se oculta tras las apariencias y convenciones que rodean al personaje, en nuestro caso a un pintor que se había olvidado conscientemente del pincel, de las pinceladas, del momento en que tantas veces había penetrado en aquel recinto sagrado donde experimentaba ese clima inefable que le hacía vivir aquello que nace desplegándose como creación, como belleza y como realidad… Y ahora, mientras va trabando las pinceladas sobre el lino, se da cuenta de que acaba de cruzar nuevamente las lindes de este santuario.

Y en esa memoria pinta de nuevo, como siempre, como una experiencia tangible de lo inédito, como una visión y una experiencia de la creación, aunque ahora el cuadro sea muy diferente de aquellos que esa memoria le trae, a pesar de que el pintor ahora razona más sus obras y las aprisiona formalmente como recurso radical para poder vivir realmente la experiencia del color en el cuadro, en la naturaleza, y así advierte que esa naturaleza y ese cuadro, que son igualmente suyos, son la nítida proyección de su alma.

Así comprendo el sentido que para mí tienen la pintura y el hecho de pintar. Un medio elevado de autoindagación.

26 octubre 2017Enlace permanente