Interiorización

 

 

 

 

 

 

 

 

Tras este proceso de interiorización el gnóstico, ahora ya iluminado, regresa al mundo sensible con una conciencia desfragmentada, con una experiencia del color liberada de las asociaciones enturbiadoras que se le adhieren constantemente por el uso y por la cultura. Ya no puede conformarse con el color epidérmico, sombrío y apagado de los objetos materiales, de las definiciones culturales, porque ‘ha visto’ el color en su fuente. Esta misma conciencia es la que hizo decir a Vincent Van Gogh: “Los que yo quería eran colores como los de los vitrales iluminados” [1], y de ahí también su desconsolada frustración al no poder reproducir aquellas luces en su paleta de colores-pigmento, tremendo desconsuelo que le empujó a llevar a cabo una de las mejores expresiones del acontecer luminoso en la historia del arte occidental.

[1]. Hess, Walter. Documentos para la comprensión del arte moderno.  Ed. Nueva Visión. Buenos Aires. 1978

(Texto de Ishraq, los colores del alma. Ediciones Mandala. Madrid. La imagen corresponde a una proyección de las vidrieras de la iglesia de Les Jacobins en Toulouse)